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CAPÍTULO VII LOS «IRRASTREABLES CAMINO~ ... » Ya hacía más de un año que en las difíciles alturas de Garabandal estaban pasando cosas raras, frecuentemente muy raras... «Raras» en el doble sentido de poco corrientes y de nada fáciles de entender. Esto último era lo que sobre todo desconcertaba a los «sabios y sagaces» (Le. 10, 21). No se veía el porqué de todo aquello. No se veía a qué venía todo aquello. Si Dios quería comunicar algo, bien podía hacerlo en forma más directa y sencilla, sin tal derroche de cosas extrañas. Y podía hacerlo pronto. La espera o expectación ya duraba demasiado; y había motivos para no tener como «de Dios» -claridad y luz plena- un conjunto de fenó– menos que ni en su planteamiento ni en su finalidad acababan de re– sultar claros al cabo de tanto tiempo. Las cosas de Dios -pensaban los entendidos- por fuerza tienen que ser más inteligibles. Estaban en el terreno de la razón. Sin embargo, para ellos y para todos había desde hacía muchos siglos en el centro del Antiguo Testa– mento una proclama que tenía todos los visos de ser principal entre las «declaraciones» ,de Dios: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos, vuestros caminos: cuanto aventajan los cielos a la tierra,
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