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Se fue con prisas a la montaña 419 Vemos, pues, que al comenzar este segundo mes de agosto en el Garabandal de las apariciones, allí continúan sin eclipse los fe1.1ómenos; y, sobre ellos, abiertos, todos los interrogantes... Suben y bajan los sim– ples curiosos, pero también los que seriamente buscan entender el por– qué y el para qué de todo aquello. Perdura aún la estela del día 18 de julio, el día del «milagro de la forma». Ahora ya vemos mejor que aquel milagro, o «milagruco», inequívoca– mente anunciado, venía primordialmente para llamar la atención hacia lo más importante que tenemos en el ámbito eclesial o cristiano: fa presencia del Dios-hombre entre nosotros como realidad cotidiana y como sustento; pero, según tantas vetes ocurre con las «cosas de Dios», sirvió también de prueba... , con lo que fue ocasión de confirmaciones y caídas. Unos creyeron más que nunca, otros dudaron más que nunca; unos se entusiasmaron, otros se desinflaron... , y algunos hasta se enve– nenaron con el espíritu más opuesto a la eucaristía, el de la discordia, las rivalidades o los celos. El desconcertante misterio siguió, con todo, adelante. La expecta– ción por su posible sentido y finalidad no se amortiguó y por cada defección que se producía en las filas de los primeros seguidores, sur– gían pronto nuevas adhesiones entre los llegados de última hora.

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