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404 Doctor Gabelas aunque ahora ya no piensan lo mismo. Pero le aseguro que nada me importa lo que se crea nadie; sólo me importa Dios. Este diálogo del señor barcelonés con el doctor parisino resulta de extraordinario valor por sus dimensiones e implicaciones teológicas ... Con pena las omitimos aquí, por no alargar excesivamente este capítulo. Sí quiero añadir lo que me decía en una carta de abril de 1970 la baro– nesa María Teresa Le Pelletier de Glatigny: «Una tarde, en París, el doctor Caux nos hacía confidencias sobre lo que él había sentido la noche aquella de Garabandal...; me dijo, entre otras cosas, cómo en el momento preciso del milagro él había "vivido", con una experiencia que no puede traducir la palabra humana, lo que es perder a Dios, la verdadera pena del infierno... , al mismo tiempo que le llenaba todo el horror de estar en pecado mortal. .. "Pida usted por mí, señora -me dijo al fin-, para que jamás recaiga en el pecado, ahora que ya tengo la experiencia de su terrible dimensión".» Creo que esta página de Garabandal es de valor superlativo desde cualquier perspectiva que se la mire... Sin embargo, por un conjunto de circunstancias que no acierta uno a explicarse, la más espesa niebla de dudas y sospechas se ha mantenido pertinazmente sobre el hecho que fue su causa u ocasión. El «no» de la Comisión diocesana El señor Damians escribía al final de su relato: «No sé qué opina– rán muchos de todo esto, ni la decisión que la Iglesia adoptará... » La Iglesia no ha adoptado todavía ninguna decisión. Pero los que decían actuar en nombre y con poderes de la Iglesia, sí adoptaron, en seguida, una postura: no admitir la realidad del milagro. Entonces, sólo quedaba explicar lo su~edido como fruto de un bien montado fraude. La principal falsaria no podía ser otra persona que Conchita. Pero ella no hubiera podido actuar sola... En seguida aparecieron los cóm– plices: el tío Elías y la prima Luciuca. Empezaron a señalarlos algunos de los que andaban por Garabandal aquella noche; y la Comisión, con su acostumbrada facilidad para las posturas negativas, se situó sin tardar en aquel punto de vista. De nada sirvieron las rectificaciones de algunos de los que en prin– cipio más contribuyeron a desorientar. El P. Justo, por ejemplo, escribió a Conchita desde su residencia, dos o tres días después: «Vi perfectamente la forma en tu lengua; pero me quedé intranquilo por no haberla visto desde un principio. Al salir de tu casa e ir detrás de ti, con la intención de no perderme detalle, tuve la fatalidad de caerme y ser atropellado por gran número de per– sonas ... Cuando me rehice del susto y quise darte alcance, ya estaba la forma en tu boca. Me tentó el diablo y llegué a pensar mal... Después, durante unas cuantas noches que he pasado sin poder dormir, he ido pensando más serenamente, .y ahora ya estoy otra vez en la seguridad de que es el cielo quien os da su protección... »
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