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402 a través de un diálogo que ambos mantuvieron un año más tarde, el 15 de agosto de 1963. DR. CAux.-Así que es usted quien hizo el film de la comunión de Con– chita... ¡Qué ganas tenía de encontrarle, para charlar de lo de aquel día! ¿Le importa que le haga unas preguntas? SR. DAMIANS.-Encantado yo también de este encuentro. Puede pre– guntar lo que quiera. DR. CAUX.-He leído atentamente su informe; pero quiero más de– talles. SR. DAMIANS.-Tenga usted en cuenta que, si bien el informe es com– pleto, hay algo que no me fue posible poner: lo que sentí por dentro; eso no lo puedo yo escribir. DR. CAUX.-Dígame: ¿estuvo usted mirando todo el tiempo? SR. DAMIANS.-Yo, en cuanto me vi junto a la niña, ya no miré más que a ella, y puedo jurar que no separé la vista ni un momento de su lengua; claro que pude haber pestañeado, pero esto ya sabe usted es cosa de una fracción mínima de segundo. Y yo vi cómo, con rapidez mayor de lo que alcanza la vista humana, se hizo la hostia en aquella lengua. Sin fracción de tiempo, diría para explicarlo mejor. DR. CAUX.-¿Por qué no filmó desde un principio? SR. DAMIANS.-¡Me quedé mudo, absorto! Cuando quise darme cuenta ( no sé si en realidad me la di, pues no logro recordar cómo filmé), sa– qué la máquina y de prisa pude recoger lqs últimos segundos del milagro. DR. CAUX.-¿Se le ocurrió tocar la forma? SR. DAMIANs.-No. DR.· CAux.-La lengua de la niña, ¿estaba en postura normal? SR. DAMIANS.-Yo diría que estaba ,más fuera de lo que corriente– mente se saca para comulgar. DR. CAUX.-Permítame ahora una pregunta que deseo hacerle desde hace mucho tiempo: ¿Sintió usted en aquel momento una alegría tan enorme, tan fuera de este mundo, que no podrá usted compartirla con nadie, que no la cambiaría por nada, ni por mil millones de pesetas, por ejemplo? SR. DAMIANS.-H e aquí una pregunta que me he hecho yo más de una vez, y casi con las mismas palabras. La felicidad que yo sentí en aquellos momentos, no la cambiaría, ciertamente, ni por mil millones de pesetas, ni por nada del mundo. Era una alegría tan intensa, tan honda, que ni la puedo explicar, ni podría compartirla con nadie. ¡Algo fuera de serie! Algo por lo que daría mi vida, y que no me dejó luego ni seguir el éxtasis de la niña, ni ir con mi mujer, ni con nadie; sólo pude refugiarme en un rincón y llorar en silencio. DR. CAUX.- ¡Me encanta oirle esto! De veras, pues es lo que yo pen– saba. Aún me quedan dos cosas que me gustaría muchísimo saber: por qué era tan grande su alegría, y si usted entonces se encontraba en estado de gracia. Perdone mi atrevimiento; si no quiere, no me conteste. SR. DAMIANS.-Le contesto muy gustoso. Yo estaba en gracia de Dios; y mi enorme emoción me la produjo, no el milagro en sí, no el ver a la niña con una cosa blanca en la lengua (unos dicen que la hostia tenía una cruz en el centro; otros que la cruz era doble; yo de eso no vi

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