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400 »Yo también intenté seguir a Conchita; pero cinco o seis metros de cabezas se interponían entre los dos. De cuando en cuando la distinguía a la luz de las linternas, pero sin buena visibilidad. Dobló, nada más salir, a la izquierda, luego volvió a girar a la izquierda, y justo en el cen– tro de aquella calleja, que es relativamente ancha, cayó de repente de rodillas. Fue tan inesperada su caída, que el alud de gente, por la fuerza de la inercia, la rebasó varios metros por los costados. ¡Así, inesperada– mente, yo me vi de pronto a su derecha y a menos de medio metro de su rostro! Aguanté con firmeza el empuje de quienes venían detrás, y logré no ser desplazado del privilegiado lugar en que había caído. »Se fue haciendo una relativa calma. Debo advertir que poco antes de la media noche, las nubes que antes cubrían el cielo se fueron disi– pando, y multitud de estrellas empezaron a brillar alrededor de la luna. A su luz y a la de infinidad de linternas que alumbraban la Calleja, podía verse claramente a Conchita con la boca abierta y la lengua fuera, en la clásica actitud de comulgar. ¡Estaba más bonita que nunca! Su expresión, sus gestos, lejos de provocar risas o tener algo de ridiculez, eran de un misticismo impresionante y conmovedor. »De pronto, sin que yo pueda decir cómo, sin que Conchita hubiese variado en• lo más mínimo su actitud o expresión, apareció en su lengua la Sagrada Forma. » ¡Es imposible describir la impresión que sentí en aquel momento! Y que aún siento hoy al recordarlo. Es algo que encoge el corazón en el pecho, llenándolo de ternura, y humedece los ojos con una necesidad casi incontenible de llorar 62 • »Más tarde me dijeron que Conchita había estado unos dos minutos inmóvil, con la Sagrada Forma sobre la lengua, hasta tragarla normal– mente y besar luego el crucifijo que llevaba en su mano. »Yo no me enteré del tiempo transcurrido. Recuerdo sólo como en un sueño, las voces que reclamaban a gritos que me agachase y tam– bién el haber sentido un fuerte golpe sobre mi cabeza. »Me acordé entonces de que llevaba colgada de mi muñeca la má– quina de filmar, y sin hacer caso de las protestas, me mantuve erguido, enfoqué la máquina, apreté el disparador y filmé los últimos instantes de la comunión de Conchita. Jamás había filmado, apenas recordaba las instrucciones de mi primo: era para dudar de que hubiese salido Ciertamente, la reverencia y consiguiente compostura son exii;i::las para un buen trato con Dios; pero no es fácil mantenerlas cuando otros sent · .lientos muy vivos tiran de las personas en determinadas circunstancias. Afortunadamente, Dios siem– pre es más comprensivo que los hombres. 62 Recientemente he podido recoger también la «impresión» de otro cualificado testigo: Pepe Díez. -Me asegura que eso que él ha referido siempre sobre el milagro de la forma no es más que la verdad, lo que personalmente vio y observó desde muy cerca... Pero dice también que siempre, después de referirlo, le parece corno si no respon– diese de veras a la realidad, porque todo cuanto él es capaz de decir no llega, ni con mucho, a lo que aquello fue; no es más que un pálido reflejo. No encuentra palabras para ponderar lo que entonces vivió... Aquella noche, mientras iba ocurriendo la cosa, él no estaba nervioso ni emo– cionado, sino muy dueño de sí mismo y entregado sólo a observar con la máxima atención, Fue después, cuando todo acabó, cuando él sintió una tremenda emo– ción, el estremecimiento de haber vivido algo, que difícilmente puede repetirse en la vida.

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