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396 ¿Llevaba cerrada la boca? ¿Se la tapaba con el crucifijo? ¿Advirtió en su boca algo extraño? 55 ••• » No sabemos las respuestas de otros a tantas preguntas; el P. Etelvino respondió sólo a algunas, según ya dijimos, y se excusó de responder a las otras con toda razón: «Lo ignoro, porque a esas horas estuve ausente de la casa. Nada oí decir entonces de la carta y del dibujo; pero sí días después, a personas que decían habérselo oído comentar a algún sacer– dote.» La última pregunta de la Comisión era ésta: ---,¿Cupo la posibilidad de un fraude? Nuestro Padre dominico respondió simplemente: -No es imposible, creo. Pero bien _podemos pensar que la Comisión, con todo aquello, más que a la simple posibilidad, apuntaba a la probabilidad de que los su– puestos «movimientos» de Conchita hubieran estado encaminados a «preparar» el milagro, con la ayuda de su tío y prima... Aprovechando alguna de sus idas y venidas, la niña se metería disimuladamente en la boca lo que tenían preparado, y en seguida daría comienzo al «éxtasis» ... ¿Qué es lo que pudieron tener preparado? Lo apunta concretamente una pregunta de la Comisión: -La "forma", ¿podría ser un recorte de cartulina, una tortita de ha– rina, un producto farmacéutico? Respuesta del P. Etelvino: -No he visto cartulina de aquel grosor. Más bien podría semejarse a una tortita de harina. * * * Tantas y tan laboriosas suposiciones habrían de venirse fácilmente abajo, si se demostraba que en el momento de la «comunión», al abrir la niña su boca y sacar la lengua, ésta había aparecido totalmente limpia, y luego... Lo que dicen a este respecto varios testigos de primera fila, resulta en verdad apabullante; pero la Comisión, ni los ha llamado nunca a decla– rar, ni ha concedido valor a su testimonio. El conocido albañil del pueblo, José Díez Cantero, familiarmente lla– mado Pepe Díez, gozó de situación verdaderamente privilegiada para seguir al detalle todo lo de la «comunión», pues él estaba a un lado de Conchita, tomándola del brazo y protegiéndola, mientras Miguel, el her– mano, estaba el otro. Y Pepe Díez no se cansa de explicar, con una ex– traña vehemencia, cómo con su linterna estuvo iluminando todo el tiem– po, escudriñadoramente, la boca de la niña, antes de abrirla y después de abrirla... -«Cuando yo he visto que ella sacaba la lengua, y allí no había nada de nada, he tenido, creo, el peor momento de mi vida. ¡Ay, Dios mío! 55 Naturalmente, no se critica que la Comisión tratara de esclarecer los puntos oscuros; se critica el que su proceder haya sido tan poco claro, que ha dado mo– \ivos para pensar que sólo le interesaba confirmar los puntos oscuros, otorgando sólo audiencia y crédito a quienes pudieran presentar algo en « desfavor».

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