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394 En el mismo momento llegó él. La niña, muy sonriente, le dice: -Tú, .¿no crees? -No mucho -replicó el hombre, tratando en vano de sonreir 54 • Plácido Ruiloba, a causa de la aglomeración, había quedado despla– zado y no pudo ver con sus propios ojos lo de la forma; luego el fran– ciscano P. Justo, que lo havía visto, le llenó de dudas, al comunicarle las que él tenía... A este Padre le oyó la señora del doctor Ortiz, diciendo al P. Bravo: -Tuve tentaciones de coger la forma con mi mano, para ver si era verdad... -¿No le parece que hubiera sido «tentar» a Dios? Escribió Conchita en su Diario, página 59: Un Padre franciscano, P. Justo, según lo vio, no lo creyó, y se lo decía a la gente que no lo había visto: que era mentira, que había sido yo quien lo había hecho ... De las notas de don Luis Navas son estas líneas: «Conchita había expresado en los días anteriores al 18 de julio su preocupación por que muchas personas no presenciaran el suceso y, en consecuencia, no creyesen en él. .. Este vaticinio resultó acertado, pues en general, bien porque unos no lo esperaban (les parecía demasiado el regalo de un milagro), bien porque bastantes no lo vieron, bien por otras causas, la gente se quedó un poco fría ... Y yo creo que momentos antes de que se cumpliera lo anunciado, todos habíamos dudado, más o menos, de que tuviera lugar.» El supo reaccionar, hasta superar saludablemente sus dudas o per– plejidades: «Me acosté, al fin, meditando las palabras que dijera Nues– tra Señora a Berta Petit en 1943: "Mira la herida de mi corazón, seme– jante a la del Corazón de mi Hijo, y los torrentes de Gracia prontos a brotar de ella: ¡no te dejes abatir por pena ninguna, por ningún engaño, por ningún desaliento".» Pero bastantes otros no supieron reaccionar así. Y en seguida llegó a la. Comisión de Santander la marea de habla– durías, de sospechas, de interrogaciones, que levantaban a su paso los «no convencidos». Y a la Comisión no le costó nada instalarse en el supuesto de que no había habido milagro... Pero «algo» sí que había habido, con lo que no quedaba otra salida que la de buscar y ofrecer «explicaciones». Pensaban seguramente los comisionados que así- buscando prue– bas en contra- cumplían con su deber; pero pensamos tod,os los demás que ellos empezaron por no cumplir otro deber, anterior y mucho más importante: el de estar en el lugar de los sucesos, siguiendo todo lo que ocurriera desde un primer plano de interés y observación. Ellos invocaban frente a todos un derecho exclusivo a dictaminar, incluso a opinar, sobre los sucesos ... ; entonces, lo menos que podía pe- 54 Según Jo que cuenta alguna persona, don Plácido no se mantuvo tan comedido <;,.0n Conchita en todo momento; como entonces era muy de la casa se atrevió a decirle: -¡ Mentirosona! ¡ Vaya un fraude que nos has hecho! Sin inmutarse con una sonrisa, le replicó la niña: -¡Ya me lo dijo la Virgen: «A pesar de todo, algunos no creerán»!
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