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392 Dios parece no importarle mucho, pues nunca ata El todos los cabos, de tal manera que resulte imposible una actitud de increencia o de resis– ten,cia a la fe. Nunca se nos avasallará para creer; se nos darán sólo pistas o datos, los suficientes para que el llegar a una actitud de fe resulte razonable y de buena lógica. Pero quien se empeñe en buscar sólo zonas oscuras, acabará encontrándolas, con toda seguridad. El Epu– lón de la parábola decía al patriarca Abraham: «Si Lázaro, resucitado, va a mis hermanos, no podrán rechazar su testimonio»; el patriarca (y era el mismo Jesús quien hablaba por él) le contestó: «Si no hacen caso de Moisés y los profetas, tampoco aceptarán a un muer to que se diga resucitado.» Ya en la misma noche del «milagruco» empezaron las dudas, las sospechas, las torcidas interpretaciones ... Conchita tenía orden de permanecer con la lengua fuera, después de recibir en ella la forma, hasta que «viniera la Virgen». Yo así lo hice -escribe ella-, y cuando vino la Virgen, me dijo: «¡Todavía no creen todos!» La prueba de esto la tuvo la niña tan pronto como regresó a casa, una vez acabado el largo trance. Porque el trance fue largo; lo de la comunión fue sólo su comienzo. Mientras muchos habían montado guardia en torno a la casa de la niña, esperando lo que pudiera ocurrir (y fueron los que de algún modo asistieron a lo que ya queda contado), otros se situaron en la Calleja, pensando que seguramente allí, como tantas otras veces, sería la comunión milagrosa de Conchita. Entre estos últimos estaba nuestro conocido don Luis Navas; con anticipación corrió al «Cuadro», buscando asegurarse el mejor puesto de observación; pero allí le tocó esperar, aunque trató de hacerlo resignadamente. «Mi resignación -dice él- se la expresé a Virginia, mientras aguardábamos allí: Si nosotros no tenemos la suerte de ver el milagro, por lo menos, ¡que se realice! No me sentía capaz de prever las consecuencias que pudieran derivarse de la no realización del mi– lagro anunciado, ni las medidas que se adoptarían por parte de la Co– misión, reacia desde el principio a admitir hasta la posibilidad de que fueran sobrenaturales las aparicione~. » Cuando Conchita llegó al «Cuadro» ... (según hemos visto ya, la Vir– gen se le presentó después de la comunión, y entonces empezó una marcha extática, cuya primera «estación» fue, al parecer, aquel lugar de la Ca lleja donde e spe raban el abogado de Palencia y otras personas). «Cuando Conchita llegó al "Cuadro", yo ignoraba si había recibido ya la comunión. Pero advertí que llevaba la boca entreabierta; lo vi bien, porque me encontraba en situación privilegiada, que me había asegura– do previamente por si acaso tenía lugar allí, como estaba dentro de lo probable, el milagro que todos esperábamos. »Después de estar allí algún tiempo, la vidente bajó de espaldas hacia el pueblo, y yo la seguí con dificultad por las calles, pues se me habían caído las gafas. .. Fue entonces cuando me enteré de que ya había recibido la comunión y cómo había sido .. . No me quedaba más que pedir perdón por haber dudado a última hora, y aceptar el no haber visto nada.
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