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Se fue con prisas a la montaña 391 que lo da y la «oficialidad» con que tuvo que darlo. Es el del dominico ya mencionado, P. Etelvino González. -¿Qué hora era, había pasado ya el día 18? ----iEran exactamente las dos menos cuarto de la madrugada del 19 de julio. -¿Había suficiente luz? -Sí. Había luna llena, y además, muchas linternas en torno a la niña, aun antes de aparecer en su lengua el cbjeto del pronóstico. Yo mismo, que estaba de espaldas a ella (a distaé'lcia como de un metro), al oír gritar: ¡La Forma!, me volví, enfocando con mi linterna su boca abierta, de frente. -¿Se vio en su boca una forma de las utilizadas para comulgar? -Sí. Con toda certeza. -Antes que en la boca de la niña, ¿se percibió la forma en el exte- rior, v. gr. en manos del supuesto ángel, haciendo la señal de la cruz o en su trayectoria, de las manos del ángel a la boca de la niña? -Como yo estaba de espaldas, intentando contener a la gente, no la vi aparecer. -¿Cómo era la forma? -El objeto era un cuerpo blanco, del mismo tamaño y figura que las formas utilizadas par.a la comunión. Tal 1•ez más grueso; daba la impresión de ser algo esponjoso, y estaba perfectamente adherido a la lengua. -¿Cuánto tiempo duró el fenómeno? -Calculo que unos 45 segundos; tal vez 60 -¿Oyó hablar a la pequeña con el supuesto ángel? ¿Qué decía? -Ni la vi ni la oí hablar. -¿Qué efectos produjo aquello en usted? -Distingo tres momentos: A) Estando d€ espaldas a la niña, al oír el griterío de «¡La forma! ¡'Milagro!», me vuelvo sin creer que fuera cierto. B) Al verlo con mis ojos, quedo impresionado y por completo atento en el examen de la «forma». C) Finalmente intenté imponer si– lencio y un poco de reverencia ( de tal modo era evidente la presencia de aquel cuerpo blanco, de características semejantes a una forma de comunión). ¿Milagro o fraude? No podía, pues, negarse, ni siquiera discutirse, el «hecho» de que se había visto sobre la lengua de Conchita una hostia o forma como las que se usan para comulgar; tal vez, algo más gruesa (lo que se explica sin mucho esfuerzo teniendo en cuenta que al empaparse de saliva, tenía que esponjarse y crecer). Pero de aquí a admitir un auténtico milagro había un gran trecho. Para algunos, el milagro resultó incuestionable desde el primer mo– mento; para otros, las dudas empezaron pronto, y no han acabado de disiparse. 1 Si todas las obras de los hombres pueden discutirse, nunca faltan hombres dispuestos a discutir también todas las obras de Dios. Y a
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