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388 cesara. Este accedió; fue a los mozos y les ofreció que, si dejaban ya el baile, les pagaría música tres domingos seguidos ... -¿Quién te ha dicho esto -le replicó uno-, Conchita? -Pues sí. (En realidad Conchita no había dicho tal cosa.) -Vamos a verlo -dijo el mozo; y tomando del b razo a su interlo- cutor, se fue en busca de la niña: -Vamos a ver, Conchita: ¿Te ha dicho la Virgen que no podemos bailar? -Precisamente eso, no; podéis bailar, siempre que no ofendáis a Dios nuestro Señor 41 • El mozo marchó satisfecho, y el baile, naturalmente, siguió aún du- rante algún tiempo... » · Si la poca gente que tenía cabida en casa de Conchita andaba des– concertada con todo aquello, y se angustiaba viendo cómo se iban en vana espera las últimas horas del día 18, podemos imaginarnos cómo estarían los que sólo por imprecisas referencias podían enterarse de lo que estaba ocurriendo. Tenemos el testimonio de don Luis Navas: «Yo me encontraba en casa de María Dolores, con su padre, el mar– qués de Santa María, un amigo de éste y algunas personas más, que no recuerdo; alguien vino a decirnos que uno de los sacerdotes que esta– ban en casa de Conchita, ya se había ido y abandonaba el pueblo, que incluso habían cerrado ya la casa... Me imaginaba a la madre de Con– chita, después de no haber tenido la niña, ni la acostumbrada aparición del sábado, ni la del domingo, ni la comunión del Angel el lunes, día 16, fiesta de la Virgen del Carmen... Entre nosotros, alguien pensaba que si la comunión no tenía lugar, bien pudiera ser para probar nuestra fe; otros opinaban, por el contra– rio, que la causa podría estar en alguna falta de soberbia de la niña; y no faltaba quien dijese que él había encontrado muy raro, desde el principio, todo aquello del milagro de la Forma. Pero en general nos resistíamos a creer que la vidente lo tubiera inventado todo, tratando de forzar y apresurar los acontecimientos .. . » Conchita captaba perfectamente la atmósfera que había en su de– rredor. Escribió en la página citada del diario: Cuando ya llegaba la noche, el personal r;staba intranquilo; pero yo, como el ángel y la Vir– gen me habían dicho que el milagro venía, no tenía miedo, porque ni la Virgen ni el ángel me han dicho nunca una cosa que iba a salir, y no saliera. La tensión de la espera, hasta en los círculos más allegados a Con– chita, queda bien reflejada en este detalle que nos da la señora del doctor Ortiz: «Todos se hallaban en silencio; su hermano, subido encima del fogón, había quedado adormilado; de pronto tiene como un sobresalto y dice, dirigiéndose a Conchita: No aguanto más, me voy a la cama. ¡Nos estás engañando a todos miserablemente! Nadie contestó. Entonces el muchacho volvió a decir lo mismo y se levantó para salir. -¡No! No te vaigas -le atajó Conchita-; espera sólo un poco.» " He aquí algo muy importante, y bastantes veces muy difícil... ¡ Lástima que las diversiones estén demasiado frecuentemente montadas para sucio servicio de la i;ensualidad!

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