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386 es de suponer. Doña Paquina de la Roza Velarde, esposa del doctor Ortiz, recuerda que allí estaban, aparte de los más allegados familiares de la vidente, una jovencita de Aguilar (parece que la hija de don Rafael Fontaneda, hijo); un sacerdote de Madrid; el P. Justo, franciscano; el P. Bravo, jesuita de Comillas, y un P. dominico, de Asturias. Es de este P. dominico -Etelvino González- de quien me ha llegado algo que puede ayudar a revivir aquellas horas tensas del 18 de julio. Semanas más tarde, a 10 de agosto, el nuevo obispo de Sap.tander, don Eugenio Beitia Aldazábal, escribía a dicho P. Etelvino rogándole que contestase al cuestionario que le enviaba: un largo cuestionario que había elaborado la Secretaría de la Comisión. Se le encargaba al Padre que procediera con «el más estricto secreto», mientras se le ponderaba «la importancia excepcional de que él reflejase objetivamente los he– chos, con solidez y brevedad». La carta iba dirigida a Villaviciosa, la pequeña capital de la sidra asturiana; pero el P. Etelvino contestó desde Oviedo, con un mes de retraso, por lo que pide disculpa. De las 41 preguntas del cuestionario, sólo responde a 23, porque sobre la materia de las otras no tiene conocimiento directo; advierte: «He procurado reflexionar, para ser lo más exacto y objetivo posible, limitándome a aquellos detalles o hechos de que fui personalmente tes– tigo, y absteniéndome, no sólo de relatar lo simplemente oído, sino también, en la medida posible, de mixtificarlos (debería decir "mezclar– los") con mi personal opinión.» Pero antes de empezar con sus respuestás, confía al obispo algo que no deja de tener su dimensión bien personal: «La triste impresión que me produjo el ver a Conchita rodeada en su casa de regalos, y cercada por gentes adineradas, que allí acuden al parecer con frecuencia, y que daban la sensación de haber hecho de Carabandal su feudo del espíritu. No fui el único en lamentarlo; entre sacerdotes y fieles se ha comen– tado muy desfavorablemente, llegándose a veces a conclusiones defi– nitivas nada favorables (para todo aquello). Sin que caigamos en ese extremo, creemos que la circunstancia a que me refiero impide ver con claridad lo que pueda haber en el fondo de estos "hechos", que cada vez parecen más desconcertantes 43 .» " Esto de que habla el P. Etelvino resulta ciertamente lamentable, y no ha sido él sólo en advertirlo y lamentarlo. Me temo que algunot de los que se consideran o consideraban «garabandalistas» de primera línea han hecho muy flacos servicios a la causa... Y me temo igualmente que las mismas «niñas » y sus familiares -por lo menos. algunos- no han estado siempre a suficiente altura de ejemplaridad por lo que se refiere a desinterés e independencia de miras humanas. Pero de aquí no puede sacarse prueba decisiva contra la sobrenaturalidad de aquellos inexplicables fenómenos, sino tan sólo la conclusión de que, como tantas veces ha pasado en la Historia de la Salvación, los instrumentos con que Dios cuenta ni son siempre los mejores ni pierden en seguida su natural facilidad para fallar en muchas cosas; especialmente si quedan en no pocos aspectos abandonados a sí mismos. Las pobres gentes de Garabandal, metidas en unos fenómenos que tanto las desbordaban, ¿no tenían derecho a esperar de sus guías religiosos dioce– sanos algo más y bien distinto de Jo que recibieron? No sé si en casos así se «cumple»· sól'> con desconfianzas, distanciamiento y parcial «no intervención»...

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