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Se fue con prisas a la montaña 375 Como antes el rosario de Conchita, también éste de las dos mnas terminó en el pórtico de la iglesia con el canto de la salve... Mi curio– sidad me llevó a preguntar por qué las niñas, en éxtasis, van tantas veces a la iglesia, sabiendo que para ellas, en esas circunstancias, está siempre cerrada. La respuesta ya estaba dada desde hacía tiempo por boca de las mismas niñas: -Es que a la Virgen le gusta ir cerca de donde está Jesús.» * . * * En días como aquéllos, no podían faltar por allí sacerdotes o reli– giosos. A propósito de ésta presencia, dice don Luis Navas en su rela– ción: «Me agradó mucho contemplar las deferencias que estas niñas guardan con los sacerdotes; son dignas de Santa Teresa de Jesús. Eran cuatro los que se encontraban por el pueblo ese sábado, día 30 de junio; y la Virgen debía de estar contenta, pues, según las niñas: "A la Virgen le gusta que vengan sacerdotes y gentes sin fe" 18 • Durante una visión de Loli en su casa, permanecían respetuosamente de rodillas un P. Pasionista y un P. Carmelita: a los dos les incorporó suavemente ella, haciéndoles poner de pie. El P. Pasionista me decía al día siguiente: "Pero setenta y ocho kilos y, encima, me puse a hacer fuerza hacia abajo; pu.es bien, la niña me puso en pie con gran faci- Las vimos de lejos (agazapados nosotros en la sombra de ~una casa) cómo se dirigían rezando el rosario hacia la iglesiuca del pueblo. · Desde nuestro escondido observatorio mi::-ábamos lo que pasaba. De pronto vimos que Conchita, en trance, se destacaba de la procesión y se dirigía andando normal, pero con inusitada rapidez, hacia nosotros, que perma– necíamos escondidos en la sombra, apoyados en la pared de una casa. Llevaba un pequeño crucifijo en la mano. Yo pensé: ésta se ha enterado de que eres médico y ahora viene a hacerte la gara-gara. ¿Pero cómo te habrá visto? Pero no. Se dirigió a mi compañera y le puso a viva fuerza el crucifijo en la boca para que lo besara una, dos y tres veces. La Virgen María también estaba por-. las bailarinas del «Folies Bergere». Después Conchita, siempre en trance, -se unió a las demás y siguieron rezando el Rosario. Mi compañera, la bailarina, se puso a llorar a moco tendido, co:1 unos grandes y sentidos sollozos, tan desconsolados que pensé que le daba un ataque. La acom– pañé hasta los bancos de madera que estaban en el exterior y adosados a la pared de la taberna del Ceferino. Se arremolinó gente. Intenté calmarla. Al fin pudo explicar que había pensado "in mente'' : "Si es verdad que se aparece la Virgen, que venga una de las niñas a darme una prueba." "Apenas hube pensado esto, cuando Conchita vino corriendo hacia mí a darme a besar el crucifijo. Yo no quería y le aguantaba la mano. Pero ella con una fuerza inusitada me puso el crucifijo pegado a los labios y no me quedó más remedio que besarlo. Una, dos y tres veces; yo, la incrédula, la atea, la que no creía en nada. Ello me emocionó sobremanera." Nos encontramos, días más tarde, en el tren de vuelta camino de Bilbao. Y sé, porque nos escribimos algunas veces, que dejó ya el "Folies Bergere" y regresó con su familia al Uruguay.» 18 Como en tantos otros puntos, Garabandal «se adelantaba» también saluda– blemente en éste de prevenir la. inminente crisis de doctrina y valoración en torno a sacerdocio y sacerdotes... No podía preverse entonces la furia «desacralizadora» con que pronto iban a actuar bastantes clérigos y laicas.

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