BCCCAP00000000000000000000758
Se fue con prisas a la montaña 363 Al volver a la normalidad (las notas de don Valentín dicen que la impresionante aparición acabó como a las dos de la madrugada), dije– ron las niñas que ellas se quedaban allí, toda la noche, en oración. -¿Y nosotros? -preguntamos los circunstantes. -Como quieran. Creo que nadie se movió; estuvimos rezando con ellas (don Valentín dice que se rezaron unos cuantos rosarios) hasta las seis de la mañana. A esa hora (ya estaba en el cielo un hermoso amanecer), el P. Larra– zábal se fue para la iglesia, siguiéndoíe todo el pueblo. Y empezó el desfile de confesiones ... Se confesó todo el pueblo; y, al parecer, fueron confesiones de una sinceridad y arrepentimiento verdaderamente extra– ordinarios.» ¿Cómo hubiera podido ser de otro modo, después de aquella prepa– ración, comunitaria y personalísima, de la Calleja? El puro amor de Dios será siempre el gran valor y la gran meta de toda vida espiritual; pero sin descuidar el «santo temor de Dios», que desde muy antiguo se nos ha presentado como el «principio de la sabiduría» (Eccl. 1, 16). Este santo temor de Dios lo viviero::i como nunca los hombres y las mujeres de Garabandal en las dos «noches de los gritos». Meses más tarde,. todavía se conservaba vivísima la impresión. El 24 de septiembre, doña María Herrero de Gallardo escribía desde Santander a su herma– na Menchu, residente en Madrid, y le decía: «Estuve mucho tiempo hablando a solas con la madre de Jacinta, y me dijo que las vísperas del Corpus habían sido terribles .. . Las aiñas se fueron al "Cuadro", des– pués de avisar a la gente que nadie se acercara más que a cierta dis– tancia, que no pasaran de un lugar del camino desde donde no se las podía ver. .. Me decía la madre que se las oía llorar con tales voces y tal horror, que ella quiso correr hacia su hija, para ver qué le pasaba; pero la echaron hacia atrás. Cuando terminó la visión, las niñas vinieron a donde estaba la gente, y las vieron anegadas en lágrimas: pidieron que confesara y comulgara todo el pueblo, que iba a pasar una cosa muy horrible... María (la madre de Jacinta) pasó tal miedo, que no podía dormir.» Exactamente seis años más tarde, el conocido albañil del pueblo, Pepe Díez, hablaba así a un matrimonio asturiano (yo lu escuché): «Miren, no es que quiera echármelas de valentón; pero yo soy un hombre que podemos decir no ha conocido el miedo. Ando de noche por cualquier rincón del pueblo, o por los caminos más apartados, lo mismo que de día .. .; nunca he sentido ningún sobresalto ni temblor. Pero aquellas noches de los gritos, reunidos todos allí en la oscuridad, oyendo a distancia los llantos y los chillidos de las niñas ... , me tembla– ban de tal modo las piernas, que las rodillas daban la una contra la otra sin que yo lo pudiera remediar. Ustedes no pueden imaginarse lo que fue aquello. Nunca he vivido cosa igual.» ¿Qué pudieron ver-las niñas para romper así en exclamaciones y gri– tos que estremecían a todos? La mencionada doña María Herrero de Gallardo, que estuvo en Ga– rabandal meses más tarde, según queda apuntado, pudo hablar con
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz