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358 Su segundo día era sábado, y debió de andar entonces por allí un médico muy sensato; al menos, a dicho día pertenece esta anotación de don Valentín: «Me dice un médico joven de Valladolid (Fernández Mar– cos de apellido), que él no ve nada que se oponga seriamente a que pueda ser sobrenatural todo esto; y que razonándolo sin prejuicios, es muy difícil afirmar lo contrario ... Es preciso ser sencillos, para aceptar que estos fenómenos no son normales. Naturalmente, que si queremos buscar alguna explicación digamos "teórica" a cualquier hecho visto, la encontraremos siempre; pero sólo eso, una explicación "teórica", basada en argumentos hipotéticos, sin demostración concreta y objetiva.» Llegó el 13 de junio; este día no deja de ser muy señalado por la cantidad de gente que honra a San Antonio de Padua o de Lisboa 6 ; pero en Garabandal sólo se distinguió por dos notas, no excesivamente llamativas: que al anochecer tuvieron aparición las cuatro niñas juntas, cosa que no se daba desde hacía bastante tiempo; y que «no p.abía público de fuera» (esto, por lo menos, es lo que dejó anotado don Valentín; tal vez la gente, aquel día, tenía bastante con San Antonio). El 17, domingo, estaba entre los espectadores don Francisco Coca Gregario, de Barcelona, con su señora; ambos tuvieron experiencias inolvidables, según testimoniaron oportunamente. Había también «uno de Palencia», como escribe don Valentín, el cual «estaba algo escéptico, y entonces dijo para sí durante una de las apariciones: Si la niña vuelve aquí a darme a besar el crucifijo, creeré en la verdad de todo esto. Inmediatamente la niña se abrió paso entre el público y se lo fue a dar». Recojo este detalle, no porque sea nuevo o casi único, pues ya sabe– mos de muchos otros como él, sino por el valor intrínseco que tiene. Habrá cosas en lo de Garabandal, que por separado podrán atribuir– se a causas naturales, incluso, si se quiere, a intervención diabólica: ¡mucho es lo que puede el demonio si Dios le deja actuar!, pero tene– mos aquí algo que ciertamente desborda las fuerzas naturales y los poderes del demonio. Hay textos en la Escritura, por los que vemos que el penetrar en las recónditas intimidades de una persona, conociendo perfectamente sus secretos deseos, ocurrencias o pensamientos, es del dominio exclusivo de Dios. En I Cor 4 1 5, por ejemplo, San Pablo sale al paso de nuestra pro– pensión a «juzgar», con esta advertencia: No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor: El iluminará los secretos de las tinie– blas y pondrá de manifiesto los designios de los corazones. Como di– ciendo: Cristo es el único capaz de conocer la última intimidad del hombre, y por eso mismo, el único capaz de juzgar con toda justicia. Y la Epístola a los Hebreos (4, 12-13) remata un párrafo sobre el gran poder de la Palabra de Dios con esta proclamación: Todo está • De Lisboa, dicen los portugueses, por haber nacido el santo en la hermosa capital de su país; de Padua, dicen casi todos los demás, por haber muerto y tener su sepulcro en dicha ciudad italiana.
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