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352 a poco me fui rezagando. Al fin, no pude más y decidí esperar el regreso. Mi mujer, en cambio, no quiso detenerse, a pesar de ir jadeante, y si– guió adelante, pidiendo ayuda para mi incredulidad... De pronto la niña se detuvo, sin llegar a la cima, y retrocede camino abajo, marchando de espaldas, rozando apenas las piedras, sin dejar de mirar y sonreír al cielo. Al llegar a mi altura, se detiene de nuevo, cae de golpe sobre los guijarros con sus rodillas desnudas, levanta la cruz al cielo y ¡me la da a besar! Busca luego con sus manos, entre la multitud de cadenas y rosarios que le cuelgan del cuello, una cadena determinada, mientras susurra hacia su invisible aparición: Dime cuál es ... ¿Es ésta? Levanta en su mano la medalla para darla a besar a la Virgen de su visión, y oímos todos que vuelve a murmurar: Dime de quién es. Y entonces, sin dudar ya más, se vuelve hacia mi mujer y le coloca al cuello la cadenita, manipulando exactamente y sin mirar su diminuto cierre de oro. Emocionada y llorosa, mi mujer cae allí de rodillas, como yo, como muchos de los que presenciaban la extraña escena; la niña le hace besar la medalla bendecida por el aliento de la Virgen, y la ayuda a levantarse del suelo con una sonrisa angelical que nunca olvi– daremos. Luego me .tocó a mí la vez. De la misma manera que a mi esposa, y con iguales o parecidas palabras, me colocó mi medalla, ya besada por la Virgen... No pude contenerme más, y las lágrimas corrieron de mis ojos. En el mismo momento, encontré la explicación de todo lo que no comprendía... En la celestial expresión de la ni_ña vi el reflejo de la pre– sencia invisible de la Virgen sobre nuestras cabezas. De rodillas como estaba, llorando abundantemente, me puse .a pedir a Dios perdón por mi incredulidad. He de volver a San Sebastián de Garabandal, como vuelven todos los que han ido. Llevaré a médicos y amigos, y les pediré que traten de explicar el misterio de esas cuatro aldeanas montañesas .. .; pero más aún, pediré a Dios que nunca puedan quitarme la emoción que sentí aquella madrugada del Sábado Santo. ¡Es tan bello creer en el milagro!» * * * Terminamos el capítulo. La señorita segoviana, el ingeniero protes– tante alemán, la escritora barcelonesa, el médico vitoriano... son unos pocos casos que han llegado casual o providencialmente a nuestro cono– cimiento; ¿de cuántos otros llegaremos aún a tener noticia?, ¿cuántos otros permanecerán para siempre escondidos a la curiosidad humana? Mas por lo poco que ya sabemos, bien podemos decir que bastantes caminos de Dios en favor de las almas han pasado, y quizá sigan pa– sando, por Garabandal.
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