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Se fue con prisas a la montaña 351 La Iglesia, prudente, se abstiene de opinar. Los médicos, aun los más incrédulos, acaban por reconocer que aquello no tiene explicación lógica; pero miles de creyentes, llegados cada día a este pueblo desde los más apartados rincones, encuentran en la fe, enfervorizados y llo– rosos, la única explicación a este hecho extraordinario que se vive cada noche en San Sebastián de Garabandal. He pasado la Semana Santa entre esta gente. He escuchado a los del pueblo y a los visitantes. He conversado con "las niñas" antes y después de sus v1s10nes. Y como profesionalmente no encuentro explicación a lo que yo mis– mo he visto, me siento empujado a creer en el milagro. * * * -¿Has visto tú a la Virgen? -me preguntan unos. -No; yo no la he visto; pero la he sentido, con el alma y con el corazón. Un Padre jesuita que me acompañaba allí 18 , me decía: -Le veo muy escéptico, doctor. -No, Padre, no es eso; es que estoy desconcertado por completo. Mi deseo más vehemente sería sentir como las niñas y quienes las acompañan. Pero usted mejor que yo sabe que la fe es un don que Dios no concede a todos en igual medida. Horas más tarde de este diálogo, por segunda vez y de cerca, pude seguir una "aparición". Era al amanecer del Sábado Santo. Llovía sin parar, y el pueblo entero parecía como un pastel de barro y piedras. Linterna en mano seguíamos de prisa a una de las videntes, quien, exta– siada, recorría las calles. Con las manos juntas estrechaba un crucifijo; la cabeza, fuertemente echada hacia atrás; los ojos, clavados en el cielo, pero sonrientes... De vez en cuando se arrodillaba, y rezaba, y besaba la cruz... Medio pueblo y todos los forasteros, incluidos los niños, la seguía– mos como· alucinados. Acabábamos de verla, en la modesta cocina de su casa (donde charlaba con nosotros medio dormida, ¡eran las cuatro de la mañana!), entrar bruscamente en éxtasis, cayendo de rodillas, sin quemarse, sobre las ardientes piedras del hogar encendido; luego se levantó, y como transportada por ángeles empezó a recorrer el pueblo. Dando tropezones en la oscuridad y salpicándonos de barro hasta las orejas, íbamos nosotros detrás, sin poder detenernos. Yo pedía ardientemente a Dios la gracia de la fe. En pos de la pequeña iluminada, corrimos casi todas las callejuelas del pueblo, fuimos al atrio de la iglesia, llegamos al cementerio, y luego al monte donde por primera vez se apareció la Virgen 19 • La dureza del camino, la oscuridad de la noche, el mal tiempo y mi torpeza de hombre de ciudad me hacían tropezar tantas veces, que poco 18 Tal vez el P. Corta, que había ido a hacer la Semana S:anta en Garabandal, según queda dicho. 19 Nuestro médico se refiere seguramente al monte de los Pinos; pero conviene recordar que las primeras apariciones, incluso las de la Virgen, no fueron precisa– mente allí, sino en el camino que conduce a dicho lugar, es decir, en «la calleja», más cerca del pueblo que de los Pinos.

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