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Se fue con prisas a la montaña 349 «El resto del rosario -continúa doña Mercedes- fue como un subir al cielo. Recuerdo que le ·entregué mi bastón a Rosario Santa María y me así del brazo de Mari Loli; jamás en la Yida me había sentido tan ligera ni tan segura. Llorando aún, continuamos el recorrido del rosario, calle adelante, camino de la madrugada. Creo que yo rezaba más con los ojos que con los labios, pues Mari Loli iba repitiéndome: No llore, no llore; pero me era imposible hacerle caso. ¡Había tanto por qué llorar! Ya no precisaba linterna, ya ni siquiera miraba al suelo; del brazo de Mari Loli y llena de fe en la Virgen, anduve el resto del tiempo mi– rando sólo hacia arriba: ¡nunca he visto el delo tan estrellado y tan diáfano! Cada estrella era una sonrisa. Hacia las tres de la mañana, entrábamos en la taberna del padre de Loli, comentando las cosas ocurridas aquella noche memorable. Yo, aturdida aún por lo que me había sucedido, vi que Rosario cuchicheaba con Loli. .. Poco después vino a mí: Dice Mari Loli, q/;f,e el mensaje que te ha dado es incompleto; pero como ie has puesto a llorar tan pronto, no ha podido continuar diciéndotelo. Entonces la niña me confió lo que faltaba, y con aquello me dejó aún más perpleja. -Me ha dicho también que su hijo es muy feliz, felicísimo, y que está con usted todos los días ... Yo ya sabía que su hijo estaba en el cielo; lo sabía desde ayer, en que me lo dijo la Virgen. Pero lo tenía callado porque Ella me dijo: No se lo digas a esa señora hasta mañana, después de la misa de Pascua. Ciertamente, tanta sutileza no podía ser cosa de la misma niña... » Creo que a cualquiera se le alcanza el perqué de esta afirmación. Había sido demasiado sutil, en efecto, y demasiado ajustado a la mar– cha litúrgica de aquellos días, el proceso de la respuesta del cielo a la gran inquietud de doña Mercedes Salisachs, para poder atribuirlo a la inventiva de una ignorante cría de aldea. Durante viernes y sábado santos, los días en que se revive el dolor y el anonadamiento de nuestro Redentor -también de la Corredento– ra-, se le hace pasar a aquella señora de gran mundo por largas horas de humillación y oscuridad... Y sólo después de que litúrgicamente re– suenan los primeros aleluyas en la misa de la vigilia pascual, en la «no– che sacratísima», se le otorga también a ella el regalo de un gozo inusi– tado y maravilloso. «A partir de aquel momento -continúa doña Mercedes-, todo cam– bió respecto a mí. Bastó que la niña cayera nuevamente en éxtasis, para demostrarme que aquel "juego de silencio" de los días anteriores estaba concluido. Inmediatamente vino a mí y aplicó el crucifijo a mis labios, una, dos, tres veces ... ; luego, haciendo con él la señal de la cruz en mi frente, en mis labios y en mi pecho, volvió a darlo a besar a la Virgen y, como para sellar definitivamente todo cuanto acababa de con– fiarme, de nuevo me lo ofreció a mí. Después, sin darlo a besar a nadie más, salió a la calle. Ya fuera de casa, Ceferino, el padre de la niña, me hizo señas para que me acercara. "Está hablando de usted con la Virgen", me dijo. Efectivamente, así era:

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