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348 No quedaban muchas horas para descansar, al menos para las mu– jeres. Oigamos a doña Mercedes: «Las mujeres del pueblo, siguiendo una antigua costumbre, iniciaron un rosario cantado por las calles 16 • A pesar de mi cansancio, me vi impelida a seguirlas. La devoción que allí se respiraba, era realmente impresionante... ¡No recuerdo haber vivido una Pascua más fervorosa que aquélla! La noche se me iba haciendo más clara, a medida que adelantaba nuestro rosario. Los tejados brillaban en la oscuridad casi tanto como la luna y las estrellas ... Debíamos de ir por el tercer misterio, cuando ocurrió lo inesperado. Alguien me dio un golpecito en la espalda. Al volverme, me encontré con la marquesa de Santa María, que iba del brazo de Mari Loli; me dijo en tono confidencial: Dice Mari Loli que tiene un encargo para ti. De momento quedé desconcertada, sin ocurrírseme de qué podía tratarse. Había tenido ya muchas decepciones y no esperaba nada. Pero Rosario Santa María añadió: Se trata de algo que la Virgen le dijo ayer sábado, pero con encargo de que lo tuviera callado hasta después de la una de la noche (es decir, hasta después de la vigilia pascual). Mari Loli, algo avergonzada, iba repitiendo: Luego, luego se lo diré ... Yo, aturdida e intrigada, no sabía qué partido tomar. Pero Rosario, que había vivido de cerca mis malos ratos, intervino: Nada de luego; se lo vas a decir ahora mismo: no puedes tener más tiempo a esta se– ñora con semejante inquietud. Entonces Mari Loli y yo .nos apartamos algo de la comitiva; yo me incliné hacia ella, y ella, al oído, pero con voz clarísima, me dio el mensaje: Dice la Virgen que su hijo está en el cielo. Lo que vino después, yo no sería capaz de describirlo. Todo, abso– lutamente todo, iba quedando absorbido por aquella declaración mara– villosa. Sólo recuerdo con precisión que abracé a Mari Loli como si estuviera abrazando a Miguel... Después me vi en brazos de Rosario.: ella también lloraba, y me decía tantas cosas, que yo no podía entenderla. Se arre– molinó gente en mi derredor, y como en una mezcla confusa, yo veía a don Valentín, al P. Corta, a Eduardo Santa María, al brigada de la Guardia Civil... Todos me miraban, entre asustados y emocionados. Llegó también la madre de Conchita, alarmada por aquel pequeño ba– rullo, y deseosa de ayudar, exclamó: "Díganle a esa señora, que si llora porque no le han dado a besar la cruz, que no se preocupe, que tam– poco a mí me la han dado a besar en toda la noche".» La escena debió de ser ciertamente muy emotiva, pues el mencionado brigada de la Guardia Civil ha dicho años después en sus memorias: «Aquella escena, que ocurrió cerca de un poste de la línea eléctrica, la tengo yo grabada en el alma, y creo que no se me borrará nunca. Lo mismo les pasará a cuantos se encontraban allí en tales momentos.» 16 Esa costumbre me parece sencillamente admirable. ¡ Ojalá no decaiga, ojalá se extienda! ¿Puede haber algo más indicado que un rosario de aurora, para ce– lebrar o revivir aquel amanecer único en la Historia, que vio salir del sepulcro al Hijo de María, y luego fundidos a ambos en el más hermoso de los abrazos?
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