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Se fue con prisas a la montaña 347 Si mal no recuerdo, tampoco aquella noche me lo dieron a besar a mí... Conchita se unió luego a las otras tres niñas, que andaban también en éxtasis por el pueblo. Cogidas del brazo las cuatro, y con paso ligero, según costumbre, recorrieron las calles, seguidas de la multitud con linternas. Recordaba yo que otras apariciones (Lourdes y Fátima) habían sido muy locales y 1 quietas, y me parecía como si la "acción" o "movimiento" de las que entonces presenciaba, tuvieran algo que ver con las caracte– rísticas de nuestra actualidad... Era como si la Virgen, al igual que Juan XXIII 15 , ,quisiera adaptar su misericordia a la «inquietud» de los nuevos necesitados. Hubieran resultado un poco extraños, en nuestra época, éxtasis como los de Fátima o Lourdes; la gente necesita otra tónica, otro estilo. Y el que reflejaban aquellas niñas de Garabandal, se adaptaba bien a nuestras maneras. Las apariciones se volvían, en ellas, asequibles; todos podían, guar– dando distancias, participar; todos, si se empeñaban, eran capaces de tomar parte, aunque indirectamente, en los diálogos que las videntes sostenían con la aparición. Desde el primer momento -según ellas– la Virgen había ·dado muestras de "querer acercarse" a los espectado– res: permitía que se le hicieran preguntas, respondía a ruegos, acep– taba cosas para besar... Producía, ciertamente, la impresión de querer superar distancias o barreras. Yo, sin embargo, me encontraba en aque]os momentos tan aplas– tada por el ostensible "desprecio" que la aparición me ofrecía, que sin meditar en la indudable generosidad que demostraba a tantos otros, me propuse firmemente no .volver a hacer mts preguntas ni esperar la menor señal a través de aquellas niñas... » . Aunque no tuviera mucho de perfecta, aqt:.ella reacción de la pobre señora sí resultaba muy explicable. Lo que de hecho le ocurría, contras– taba demasiado con las esperanzas que habfa puesto en tan sugestiva «peregrinación». No sabemos cuándo acabó aquella marcha extático-procesional diri– gida por el equipo de videntes en pleno (no :;e merecía menos una no– che como aquélla, distinguida entre todas las del año por la dimensión del misterio que en su liturgia se revive); pero tuvo que ser sin duda antes de las 11,30, ya que a tal hora daba comienzo en la iglesia la solemne vigilia pascual. Las calles quedaron entonces desiertas, y casi también las casas; vecinos y forasteros se congregaron en el lugar sagrado y fueron siguien– do los interesantes ritos que se rematan con la misa de los primeros aleluyas pascuales ... Cuándo la gente salía del templo, había empezado ya el más hermoso domingo del año, el genuino «día del Señor», por ser la jornada de su Resurrección. 15 No olvidemos que este relato de doña Mercedes pertenece a la primavera de 1962, época en que la popularidad del entonces Papa, Juan XXIII, había llegado a su apogeo, por 'los innumerables destellos de su campechana bondad y por la ilusionada prisa con que iba preparando su Concilio, el Vaticano 11.

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