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346 prodigaban los Santa María, el P. Corta, don Valentín, el brigada de la Guardia Civil, y hasta las madres de las niñas, todo en el pueblo me estaba resultando hostil. Era indudable que ·toda aquella amabilidad se debía a la piedad y el recelo que sin duda despertaba el aislamiento a que la Virgen me había condenado. Mas para mí era lo de menos lo que pudiera pensar la gente; lo que más me dolía era percibir aquel desaire constante que venía de arriba ... Al fin, empecé a tener el presentimiento de que todo lo que me estaba ocurriendo pudiera guardar alguna relación con el sentido de los días en que nos encontrábamos ... ¿Podía ceñirse todo lo mío a su significado litúrgico? Casi no me atrevía a pensarlo; se me antojaba demasiado sutil. Pero lo cierto es que, a partir de .aquel presentimiento, se me fue quitando el miedo. Lo acepté todo y me sometí a la voluntad de Dios. Por la noche, cené temprano en la cantina, sola. Después, el brigada de la Guardia Civil me llevó a casa de Conchita. Su madre me recibió amablemente, y me ofreció un lugar junto a la hija. El calor de la llamarada era molesto, y mi malestar físico iba aumen– tando; sin embargo, mi bienestar moral crecía a medida que pasaban las horas. Hablamos de infinidad de cosas ... Lo más chocante de estas niñas es su naturalidad en el fluir de la vida corriente. Aceptan lo sobrena– tural con una sencillez rayana en lo inverosímil: les parece que "ver a la Virgen" está al alcance de cualquiera y que lo que les ocurre a ellas es normal. Lo que de verdad les preocupa es comprobar la incredulidad de la gente. Infinidad de veces hacen esta pregunta: "¿Usted cree? ¿Cree de verdad que veo a la Virgen?" Probablemente opinan que de esa cre– dulidad depende el que la Virgen haga el milagro grande que vienen anunciando desde el principio... Al margen de eso, en todo momento dan muestras de una gran seguridad en lo que se refiere a puntos teológicos. Pese a su evidente ignorancia, sorprende la clarividencia con que lanzan sus comentarios ... Cuando Conchita cayó en éxtasis, yo me hallaba fuera de la cocina (a causa del calor in.soportable) y por eso no pude apreciar exactamente cómo ocurrió el fenómeno. Sin embargo, en cuanto salió a la calle pude observar bien lo que le ocurrió al señor Mándoli 14 , recién llegado a Garabandal. Aunque cre– yente, él no admitía las apariciones; de pronto vi cómo Conchita se desviaba de su camino y venía derecha hacia nosotros (el señor Mándoli estaba a mi lado), para ofrecerle a él su crucifijo. Pero dicho señor, acaso avergonzado, o acaso para probarla, lo rehuía; Conchita, siempre con la cabeza como colgada hacia atrás, hasta resultar imposible ver lo que tenía delante, le seguía tenaz con su cruz, hasta que consiguió que la besara. Volviéndose entonces hacia mí, el señor Mándoli me confesó emo– cionado que acababa de pedir a la Virgen, que si aquello era cierto, Conchita le buscara para hacerle basar el crucifijo. 14 Este señor me es completamente descooocido.

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