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Se fue con prisas a la montaña 341 La señora de quien se habla aquí era doña Mercedes Salisachs de Juncadella, que tenía ( y tiene) nombradía en España, sobre todo, como escritora (unos años antes de su visita a Garabandal había obte• nido el premio «Ciudad de Barcelona» de novela). Los motivos que la llevaron al lugar de las apariciones por los días de abril de 1962, los ha confesado ella misma en una relación que ya insertó Sánchez-Ventura en su libro Las apariciones no son un mito. Empieza explicando sumariamente cómo era su hijo Miguel, lo que para ella suponía... y, en consecuencia, el horrible dolor que la sacudió cuando el 30 de octubre de 1958, con una vida sin estrenar - ¡dieciocho años!-, el muchacho encontró la muerte por las carreteras de Francia en accidente de automóvil... « Ignoro -dice ella- lo que habrán experimentado otras madres al perder así un hijo de la calidad de Miguel: Pero dudo que hayan podido superar un vacío y horror como el que cayó sobre mí. Su muerte mataba de cuajo el motivo esencial de mi vida y, al per– derlo, me sentí acogotada por la oscuridad más espantosa. Me decían que, con el tiempo, me conformaría... ; que, aunque no llegara a olvidarlo, su recuerdo iría diluyéndose, hasta quedar en una evocación amable; que, poco a poco, me iría acostumbrando a no verlo, a no oírlo, y aceptaría mi situación s:.n desgarro. Pero el tiempo pasaba y yo continuaba er:. la desesperación. Aunque · procuraba disimular mi tristeza, especialme.nte para no herir a mis cuatro hijos restantes, cuanto más tiempo transcurría, más se me acen– tuaba el vacío, la desorientación y el dolor. Algunos, para ayudarme, echaban mano de argumentos religiosos. Me hablaban de la resignación cristiana; me recordaban su fe, la ejem– plaridad de su muerte ... y me decían que debía dar gracias a Dios, por habérselo llevado en condiciones tan buenas para su alma. Pero la resignación no llegaba y todos aquellos arg-.1mentos se me, antojaban huecos e inconsistentes. Llegó un momento en que las dy.das contra la fe se me volvieron obsesivas ... y todo cuanto hasta entonces había admitido sin excesivo esfuerzo, empezó a tambalearse, dejándome cada vez más abatida. Me convertí en un remedo de persona, sin más horizonte que el pasado, sin más esperanza que la de morir; pero con la impresión de que en la muerte se acaba todo, que la esperanza es ur:.a gran mentira y la fe una puerilidad lanzada para mantenernos a raya. Sin embargo, todas mis dudas no cuajaban por completo. A veces, sin saber por qué, la esperanza volvía: "Y si Miguel me viera ... Si fuera verdad eso de la Comunión de los Santos ..." 8 Por aquel entonces, ni siquiera podía rezar. Tropezaba siempre con– tra el muro de la duda. Recuerdo que en cierta ocasión mi madre pro– puso rezar el rosario en común y ( ¡todavía :ne avergüenzo de mi reac– ción! ) yo me negué, por considerarlo "una yulgarid&d" ... ' La Comunión de los Santos es uno de los má, hermosos dogmas del catoli– cismo. Creemos por él que hay una inefable corr.unicación entre «los que han ido» y «los que aún quedamos»; y también un misterioso intercambio entre «los que quedamos»... , en Cristo y por Cristo, en la Igl:'!sia y por la Iglesia.

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