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Se fue con prisas a la montaña 339 Y empezó a llorar, seguramente que con dolor y con genio a partes iguales. «Puedes ir ahora a rezar a la Calleja», le replicó Simón. Así lo hizo la niña; pero esperó inútilmente que, como en tantos otros días a aquella hora, se produjese alguna <<visita»... Volvió a casa aún más desazonada; y la desazón fue convirtiéndose en auténtico sufrimiento los días siguientes, al ver que lo que tanto esperaba no venía. Sus compañeras, en cambio, seguían con toda nor– malidad en sus éxtasis y apariciones. Jacinta se consumía. Sus padres empezaron a preocuparse muy seria– mente, porque el sufrimiento interior de la niña afectaba ya a su misma salud: había perdido color, estaba adelgazando demasiado, ya no sabía sonreír... Jacinta no hacía más que preguntarse: ¿Por qué la Virgen me hará esto? ¿Será que ya no volveré a verla? Este último pensamiento no lo podía soportar. Se pegaba a sus compañeras cuando tenían aparición, y les decía con ansiedad: «Pre– gúntale a la Virgen por qué no viene donde :ní... Pregúntale si volveré a verla... Pregúntale ... » Y Loli y Conchita preguntaban, preguntaban... Pero sus preguntas quedaban un día y otro sin contestación. Al fin, casi después de un mes, Loli vino a ella con la gran noticia: «Me ha dicho la Virgen que vas a volver a verla el día... » Aquello fue para Jacinta ,como salir repentinamente a la luz, des– pués de un largo túnel tenebroso. Todo cambió de color. Volvió a son– reír, sus mejillas fueron recobrando color, su corazón se ensanchaba con la· esperanza. El día anunciado se produjo la anhelada visita; y tan prosto como Jacinta se encontró de nuevo ante la maravillosa figura de la Madre, no pudo contener su pregunta: «¿Por qué no has venido? ¿Por qué me has tenido tanto tiempo así?» -Por lo mal que te portaste con tu padre aquella noche... ¿Cuántas veces os tengo dicho que hay que obedecer a los padres, incluso antes que a Mí? El castigo había sido fuerte, pero había estado lleno de misericor– dia; sólo se buscaba el bien de aquellas pequeñas hijas, tan llenas de buena voluntad. pero tan llenas también de defectos. ¡Tenían que ir siendo otras! El castigo había durado un mes. La lección debía durar para siempre. * * * ¿Tendrá que ver algo el caso de Mari Cruz con esto de la «miseri– cordia .en el rigor»? Declaro que no quiero meterme a escudriñar por qué fue ella la menos favorecida de las cuatro, en cuanto a número de apariciones o éxtasis; pero casi no puede evitarse que a veces surja una pregunta so– bre la posible causa de hecho tan innegable.. ..

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