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338 Con su entrada en la Iglesia Católica, ¿se acabaron para don Máximo las cosas de Garabandal? «En visitas posteriores me han ocurrido muchísimas más cosas, que alargarían desmedidamente mi relación. Sólo quiero declarar algo: Un día, al volver Mari Loli del éxtasis, me llamó aparte y me comu– nicó lo que la Santísima Virgen le había dicho de mí... ¡Con lo tímidas que son aquellas niñas, y los doce años que entonces tenían, Mari Loli me estuvo hablando largo rato con la mayor naturalidad! Me contó mi vida ..., y mis casos y cosas, desde mis primeros días hasta aquella fecha. Absolutamente · nadie en el pueblo podía conocer tales detalles ( ¡algunos, ni mi propia esposa!), y no pocos de ellos me volvieron a mí mismo a la memoria gracias a oírselos a la niña.» Bien, ahora se me ocurre a mí: ¿Por qué quienes vienen diciendo que todo esto es fruto de un «juego de niñas», o de su capacidad de embuste, o resultado del «ambiente», o de «catalepsia colectiva», y que en todo caso «tiene explicación natural»... no se adelantan sin rubor a hacer la obra de caridad de iluminar las tinieblas de quienes seguimos creyendo en el milagro y convencidos de que aquí está «el dedo de Dios»? . No sé porqué se le ocurriría a San Pablo aquello de su primera carta a los corintios: «Escrito está: "Destruiré la sabiduría de los sabios y haré inútil la prudencia de los prudentes." ¿Dónde tenemos el sabio? ¿Dónde el doc– tor? ¿Dónde el hábil dialéctico? ¿Acaso no ha entontecido Dios la sabi– duría de este mundo?» (1, 19-20). Pero no pensemos mal de nadie... Que todos necesitamos miseri– cordia. Misericordia en el rigor No he podido comp robarlo, a pesar del paso y repaso de muchos papeles y notas, pero creo que es aquí, por estas fechas, donde hay que encajar algo muy interesante que casualmente recogí un día en San– tander, de labios de Jacin ta. Ella sólo se acuerda de que fue en 1962, cuando aún no había acabado el invierno. Es una noche fría. Jacinta quiere quedarse, velando, en la cocina, porque tiene anunciada aparición para las cuadro de la madrugada; pero su padre, Simón, le dice que vaya a la cama a descansar, que ya la avisarán a tiempo. La niña se resiste, porfía, se pone terca... El padre no consiente caprichos y la obliga a obedecer. Ella sale entonces hacia su cuarto, de muy mal humor, llorando y protestando. Teme dormirse y perder la aparición. Así sucedió. Al cabo de las horas, se despierta sobresaltada (su padre ha hecho ruido al levantarse) y pregunta en seguida: «-Papá, ¿qué hora es? - Las seis menos cuarto. -¿Ves? ¡Por tu culpa me he quedado sin aparición!»

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