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334 Prendió tanto el interés, que pronto, y en pleno invierno, se orga– nizó una excursión en autocar al lejano pueblecillo. Entre los que se apuntaron estaba una señorita de familia conocida, que hasta entonces no se había distinguido precisamente por sus entusiasmos religiosos ... No es que la tal chica llevase una vida desarreglada, pero sí bastante frívola o mundana, que resultaba algo estridente en el tradicional «tono» de aquella ciudad de la más severa Castilla: de las primeras para el baile, para las diversiones, para la piscina... ¿Qué la llevaba ahora a Garabandal, en el frío enero de 1962? Ni ella misma sabría seguramente decirlo. La excursión, según me han dicho, llegó al lugar de las apariciones el día 18 de enero, jueves. La tarde de ese día, sus componentes, des– pués de los informes recogidos en encuentros con la gente del pueblo, se fueron situando como pudieron por los diversos escenarios de los posibles trances. Nuestra joven logró introducirse en la casa de Cefe– rino; pero no mucho: hubo de quedarse cerca de la puerta. Por fortuna, descubrió allí un banquillo arrimado a la pared y lo aprovechó inme– diatamente, poniéndose de pie encima. Así podría captar de algún modo, aunque de lejos, lo que no tendría la suerte de poder seguir de cerca. Llegó el momento del éxtasis de Loli: fue, como tantas otras veces, en la cocina de la casa. La chica de Segovia tenía que resignarse a recoger la onda, no en directo, sino «en diferido»: a través de lo que veía en los espectadores mejor situados ... Pero ya esto solo le iba haciendo no pequeño efecto; y es que el ambiente que normalmente se formaba en torno a los éxtasis, aun por par te de los más habituados, era de gran respeto religioso. En tal ambiente de silencio y expectación, pudo reflexionar..., en– frentarse extrañamente con su intimidad... , sentir, un poco estreme– cida, la proximidad del misterio... Llegó un momento en que su espíritu ya no pudo continuar en aquella actitud de respetuosa mudez y estalló en oración: una oración terriblemente comprometedora: «¡Virgen Santísima! Si esto es verdad ..., y Dios quiere algo de mí..., estoy dispuesta a lo que sea ... ¡Renunciaré a todo y me haré religiosa! Sólo te pido, a cambio, la salvación de... quien Tú sabes.» En el silencio estremecido que se hizo en su alma, después de seme– jante oración, pareció sonar, clarísimamente, la respuesta: «Te escu– cho, te escucho. Sí, sí. » La inexplicable ráfaga la dejó temblorosa de emoción... Pero no tardó en soplar otra ráfaga; ahora, de confusiones: «¿Quién te asegura que era la voz del cielo? ¿No habrá sido imaginación tuya? ¿No será que estás a punto de trastornarte?... » Llena de angustia, levantó una vez más su clamor interior a la dulce Madre que bien podía estar presente allí, no lejos de ella: «¡Virgen Santísima! Si todo esto es verdad, si todo esto viene de Ti ..., ¡que la niña venga a darme a besar el crucifijo!, ¡que venga a mí primero que a nadie!»
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