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Se fue con prisas a la montaña 329 Luego fue él quien me pidió que le confesara, pues decía tener mu– cha necesidad, por haber abusado de su condkión de sacerdote para ir delante de todos los que seguíamos a la niña, cuando tal condición le obligaba a ir detrás del último .. . Me dio las gracias por el empujón, y me dijo que hasta ese momento él no se había dado cuenta del verdadero mensaje que estas niñas nos vienen a dar. Finalmente me pidió, por favor, si podía despertar al señor párroco, para decir él -P. Silva-,- la misa de alba( no tardaría mucho en despun– tar el nuevo día, 19 de marzo, fiesta de San José). No pudimos conseguir nada, porque hay prohibición del obispado de admitir a celebrar misa a los sacerdotes forasteros; pero sí pudimos comulgar y hacer la hora santa más hermosa que se puede uno imagin::1.r. Fue fantástico. Aquel hombre dijo cosas maravillosas, y dio las gracias a las niñas, a sus pa– dres, a todos, porque le habían hecho vivir una emoción que nunca hasta entonces hubiera pensado que podría existir. ¡Rezamos un santo rosario! Casi todos con los brazos en cruz. Esto es lo que he vivido esos días imborrables en el dichoso pue– blecito.» Podemos completar tan hermosa relación con ciertos detalles que se deben al brigada de la Guardia Civil don Juan Alvarez Seco 26 • Cuando en aquella «velada» inolvidable de la noche del 18, «se pa– saba ya al día siguiente, 19, Loli en éxtasis se acercó al mostrador de la taberna de su casa, tomó un lápiz del cajón y, apoyando una estampa sobre la pared de la cocina, escribió en ella lo que le decía la Visión: "La Virgen felicita al P. José". Resulta que, según declaró después el interesado, él no había dicho a nadie, ni cómo se llamaba, ni si era sacerdote ... Fue de una grandí– sima emoción.» Cuando andaban en lo de poder celebrar o no la santa misa, fueron a casa de Conchita. El P. Silva le hablaba de hacer una hora santa, y la niña preguntó : ¿Y eso qué es? Entonces el Padre se lo explicó, y se acordó hacerla a primera hora. «Pero faltaba la llave de la iglesia. Don Valentín dormía en casa de la señora Primitiva (Tiva), y el señor Matutano, de Reinosa, y un servidor, fuimos a pedírsela; para que nos conociera, le hablé yo, pero no quiso darnos la llave. Regresamos a casa de Conchita, y entonces Maximina dijo: «Podemos acercarnos a la iglesia, por si acaso estuviese abierta.» Fuimos una veintena de personas, con Conchita y María Dolores. En– contramos abierta la puerta del templo; pero nos faltaba la llave de la sacristía, para tener la del sagrario, que se guardaba allí, cuando ¡he aquí que el P. Silva encuentra el sagrario abierto, y la sacristía cerrada! Pudimos hacer la hora santa; a ratos, con los brazos en cruz. Comulgamos después casi todos. Atestiguo que aquello fue maravilloso. Y esto bien lo saben los mar– queses de Santa María, el señor Matutano y ctros que ya no recuerdo. El P. Silva nos dijo que «lo de Garabandal era todo verdad». 26 También ha de resultar muy familiar a nuestros lectores el nombre de este jefe comarcal de la Guardia Civil, que tan de cerca siguió todos los sucesos de Gara– bandal.
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