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328 Si no fuese por esto, resultarían inexplicables los desahogos que Loli tuvo dos fechas más tarde, el día 16. Está pidiendo con insistencia la curación de una señora, muy ave– riada de la vista, y que según dictamen médico la perderá seguramente del todo... La niña no ceja, exclamando así en un forcejeo final: « ¡Anda! ¡Sana a ésa, a la madre de Alicia, que de un ojo ya no ve, y no verá el milagro que hagas en el cielo/» 24 * * * El auténtico «hacer penitencia» -que supone un ir cambiando por dentro- lleva muy espontáneamente al sacramento de la confesión. A este respecto tenemos una historia interesante del 18-19 de marzo, fiesta de San José. La relación está firmada en Reinosa (Santander) el 23 de marzo de 1962, y se debe a un sacerdote que debió de ir a Garabandal en com– pañía del señor Matutano 25 • «El día 18, domingo (segundo domingo de Cuaresma), llegaron a San Sebastián de Garabandal dos sacerdotes con un muchacho joven, que tiene una gravísima enfermedad del corazón y cuyos días -según los médicos- están contados. Uno de los dos sacerdotes (nadie sabía entonces que lo eran) era el famoso P. José Silva, el de la "Ciudad de los Muchachos", de Orense, de donde venían; vestía de americana y pantalón. Durante todo el tiempo anduvieron detrás de las níñas, atosigándolas ... Hasta el punto de que el señor Brigada de la Guardia Civil tuvo que llamarles la atención va– rias veces (también él ignoraba su condición sacerdotal). Cuando se produjo el éxtasis de Jacinta, en casa de Conchita, se pe– garon materialmente a la niña, sujetándola y poniéndole materialmente las orejas en la boca, por lograr entender algo de lo que decía. Se les llamó la atención por parte de los padres de las níñas, y al ver que no hacían ningún caso, y que una vez casi las hicieron caer a tierra, no pude contenerme y le di un fuerte empujón al que iba a la derecha de la niña (que resultó ser el P. Silva), creyéndole un seglar cualquiera... aunque no sé si no hubiera hecho la mismo en aquel momento aunque le hubiese visto con sotana. En el acto se volvió Jacinta, y me puso el crucifijo en la boca; segui– damente hizo lo mismo con el que yo había empujado. La niña continuó su marcha, pero nosotros dos nos miramos, y comprendimos ... Nos dimos un abrazo, y juntos fuimos ya hasta la iglesia. Allí los dos llora– mos; y yo le pedí que me confesara (habíamos quedado solos, apoyados en el muro del atrio). Me dijo que no tenía licencias... , pero yo insistí vivamente, asegurándole que tenía verdadera necesidad. Me oyó en con– fesión y me preguntó por qué había hecho aquel acto: le contesté que en aquel momento sólo había pensado en defender a una niña que estaba viendo a la Santísima Virgen. Me dio la absolución. 24 Todos los datos anteriores están copiados de las notas de don Valentín. 25 De este señor Matutano ya se ha hablado en la primera parte de esta obra.

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