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Se fue con prisas a la montaña 319 Criaturas en tránsito Se ve que por .estos días el cielo daba una especial atención a aquel anciano, que estaba ya en las últimas... , como tratando de ayudarle para el gran paso a la eternidad, para el encuentro a cara descubierta con Dios. ¡Con qué facilidad se olvida entre los hombres que nosotros no po– demos acabar como un animal cualquiera, que todos vamos inexorable– mente hacia ese gran encuentro, y que no podemos presentarnos en él de cualquier modo! Escribió J. Staudinger, en la introducción a su libro «Sacerdocio santo»: «El encuentro del alma con Dios inaugurará la eternidad. En esa hora', el hombre está sumido en la más completa soledad; como salió de las manos del Creador, así, desamparado, com– parecerá ante El. Creador y creatura se encuentran por vez primera frente a frente, cara a cara: Dios solo y el alma sola... Lo único que acompaña al hombre allí será lo que haya hecho du– rante la vida temporal. Siempre ha sido suma sabiduría prepararse para aquella hora... De ahí que la Iglesia tenga como su tarea más santa, como su misión especial hacia cada alma humana, el prepararla para aquella hora del encuentro.» El pobre tío Leoncio, abuelo de Jacinta, ciego y acabado, es en esta historia como el símbolo de la criatura 'humana en su desamparo pos– trero, cuando ya nada hay que esperar de este mundo, y sólo de arriba, de parte del cielo, puede llegar ayuda y confortación. Atender a quienes se encuentran así, será siempre una excelentísima tarea de caridad cris– tiana, que la Iglesia -los de la Iglesia- no pueden, de ningún modo, descuidar. Y las niñas metidas en el extraño «misterio» de Garabandal no la descuidaban. El caso del tío Leoncio no es único. Como tampoco es única la escena del día 28 de enero que acabamos de ver. Sabemos, por ejemplo, que el día 30 Conchita y Loli quedaron en éxtasis hacia las 7,20 de la tarde, y después de «estar rezando en el Cua– dro, visitaron las casas donde había enfermos, dándoles a besar el cru– cifijo y rezando con ellos». Y el día 31, acabado el rosario en la iglesia, Mari Cruz entró en éxtasis y «anduvo por el pueblo, visitando varias casas, donde daba a besar la cruz; y fue también a casa del abuelo de Jacinta,' donde estuvo como un cuarto de hora, rezando con él y dándole a besar el crucifijo... Y poco después, Loli y Conchita hicieron Jo mismo, y estuvieron con él por espacio de una 'hora, y' allí mismo volvieron en sí, y se sentaron en la cama... ». Parece que el viejuco, debido seguramente a su incons– ciencia, no respondía bien a los deseos de las niñas de que besara el crucifijo, y ellas le preguntaban: «¿Po1· qué; no besa? Si besa, la Virgen le puede devolver la vista.» A lo que replicó el pobre viejo: «¿Y para qué quiero yo ya la vista?» Los detalles hacia el tío Leoncio sólo acabaron (pocos días después) cuando él acabó su «jornada» en este mundo. Entre las notas de don Valentín. se encuentra ésta, correspondiente al 8 de febrero; «A las
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