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Se fue con prisas a la montaña 315 a mi hija, que no fuese a las seis a rezar, que había dicho don Amador que fuese, si quería, a otras horas. Un día, sin más, no la lejé ir; y ella estaba nerviosa en la cama... y luego me dijo: "Bueno, mamá: yo no te mando que vayas conmigo; si no quieres ir, no vayas, nadie te obliga; pero YO DEBO IR." Al día siguiente fui a buscar a don Amador, que acababa de regresar de un viaje, y le dije: '"Mire, don Amador, a mí me pasa esto con la chica: que me dice que si yo no voy, va ella sola... " Me contestó: "Déjala, déjala".» Es evidente que las niñas tenían entonces clara conciencia de lo que se les ped~a; pero que encontraban dificultades para llevarlo plena– mente adelante. También estaban por entonces suficientemente aleccionadas sobre la primaria finalidad de sus prácticas de piedad y penitencia. He aquí lo que nos refiere el médico de Santander, don Celestino Ortiz, testigo presencial y atento de tantas cosas: «Un día de aquéllos, después del éxtasis, le preguntaron a María Dolores: "¿Qué te ha dicho la aparición?" Respondió: "La Virgen me ha dicho, que haga sacrificios por la santidad de los sacerdotes, para que lleven muchas almas al camino de Cristo; que el mundo está cada día peor y necesita sacerdotes santos, para que hagan volver a muchos al buen camino. En otra ocasión, la Virgen me ha dicho que pida especialmente por los sacerdotes que quieren dejar de serlo, para que sigan siendo sacer- dotes. De lo contrario, ¡qué pena sería para Ella".» · El verdadero alcance de estas últimas palabras se le escapaba, sin duda, a la niña, pues por aquellas fechas no se había produddo más que un débil comienzo -que ella no podía conocer desde su aldea'- de lo que pronto iba a convertirse en una especie de desbandadá clerical. .. El Concilio Vaticano II, que con sus derivaciones y el ambiente desatado, vendría a ser la «ocasión» de tal desbandada, sólo era por entonces una ilusionada esperanza, el hermoso proyecto de una Iglesia que había decidido «ponerse al día» mediante un general esfuerzo de renovación. Juan XXIII tenía contagiados a todos de su optimismo y, secundándole, en todas partes se trabajaba y oraba por el feliz éxito de tan gran empresa. A las niñas de Garabandal había llegado también la onda, y ellas se asociaron lo mejor que pudieron a la plegaria común... El día 11 de enero de aquel 1962, Mari Cruz escribía así, con letra horrorosa, al señor cura de Barro: «Ya sé que la Virgen quiere que seamos muy buenos y visitemos al Santísimo; yo quiero que usted pida a la Virgen para que yo sea cada día más buena; pues yo, cuando vea a la Virgen, ya le diré lo que usted me dice, para que salgan bien en el Concilio el Papa y los que están con él; también se lo di a leer a las otras, para que ellan lo hagan también.»
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