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314 hacia abajo sobre aquella capa blanca, como siguiendo una trayectoria que invisiblemente se le trazase. Tan extraordinaria marcha extática fue a terminar detrás de la casa maternal, en la calle o callejuela que meses más tarde había de ser escenario del tan discutido «milagro», el de la comunión visible. * * * La marca penitencial, o de piedad y sacrificio, que tuvo el primer invierno de Garabandal, seguramente no estaba destinada a ser cosa transitoria ... Un día de verano de 1970, el P. José Laffineur 5 hablaba en Gara– bandal con Jacinta: P. LAFFFINEUR.-Jacinta: el 30 de noviembre de 1961, Mari Cruz es– cribía al señor cura de Barro: «Yo voy al Cuadro todos los dfas, a las seis de la mañana, a recitar el rosario; Jacinta me acompaña. Conchita sale a las siete, y Loli a las ocho y media, pero ellas lo hacen en la iglesia» ... JACINTA.-Es verdad, Padre. P. LAFFINEUR.-¿Fuisteis fieles las cuatro, durante el invierno tan frío de Garabandal, a pesar de la lluvia, de la nieve, del hielo? JACINTA.-Sí, Padre 6 P. LAFFINEUR.-Entonces, ¿por qué no habéis seguido haciéndolo hasta hoy? JACINTA.-Porque la Virgen nos había dicho que debíamos obedecer a nuestros padres. Lo que se insinúa en este diálogo acerca de la influencia -legítima, desde luego- de los padres sobre las niñas videntes respecto a sus prácticas penitenciales -o de piedad, queda corroborado por esta otra «confesión» que se recogió de labios de Pilar, la madre de Mari Cruz, el 25 de julio de 1964: «Mire usted: cuando estuvo aquí don Amador 7, me dijo a mí que Mari Cruz no iría a rezar a la calleja... ; y una mañana se lo dije así ' También este sacerdote belga, con residencia en Francia, tiene que ser ya cono– cido de nuestros lectores, porque le presentamos en una nota tle lá primera parte. 6 Jacinta no decía más que la verdad. De su padre Simón, hombre recto y parco en palabras, he recogido en 1976 esta rotunda afirmación: «Durante seis meses seguidos estuvimos yendo a rezar el rosario a la Calleja todos los días, a las 6 de la mañana; yo acompañaba a la niña con un farol.» 7 Según vimos ya en el capítulo XII de la primera parte, este don Amador fue el sacerdote qúe la curia diocesana de Santander mandó al pueblo de San Sebastián de Garabandal en el otoño de 1961, para sustituir a don Valentín, a quien se im– pusieron unas «vacaciones», con miras a curarle de su supuesta inclinación a favor de las apariciones de las niñas. ¿Cuánto tiempo estuvo allá arriba don Amador? No he podido llegar a una pre– cisión, pero algo se colige de este dato: en las notas de don Valentín hay una laguna que va desde finales de octubre de 1961 hasta el 27 de enero de 1962; y del siguiente día, 28, tenemos una nota del doctor Ortiz, que dice: «A Conchita, en su éxtasis de las 7,10, se le oyó: "Me ha preguntado don Valentín si el pueblo le quiere"... » Reconozcamos que es una pregunta bien humana, después de aquel «destierro».

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