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Se fue con prisas a la montaña 313 día festivo de su inauguración, el 1 de enero, ocurrió algo que bien podía servir de señal. Nos lo cuenta el doctor Ortiz, de Santander 2 : «Me encontré en el pueblo con la señorita Margarita Huerta 3, que venía de Madrid con un grupo de gente. Tres niñas entraron en éxtasis y, mientras caminaban juntas por la calleja de arriba de la plaza, en dirección a la iglesia, a uno de los que las seguían, que iba bastante alejado, se le ocurrió de pronto: "Si esto es sobresanatural, que la niña de en medio venga ahora a darme a besar el Cristo." Al instante, la niña se queda retrasada de las otras y va a darle a besar el crucifijo, ¡sólo a él! Nos lo contaba después, muy emocionado.» * * * A estos días de enero, los más crudamente invernales, pertenece sin duda un episodio del que no he podido averiguar la fecha exacta. Es Aniceta quien da testimonio de él. Cierta noche, su hijo Cetuco 4, que se había entretenido demasiado con la familia de su novia, llegó muy tarde a casa; Conchita tenía ya «llamadas», por lo que la entrada en trance de la niña podía esperarse de un momento a otro ... Aniceta nunca la dejaba sola en tales circuns– tancias, y menos de noche; pero en aquella ocasión se le arreglaba muy mal el quedarse ella misma pendiente de Conchita; rogó entonces al muchacho que, _en vez de ir a acostarse, se quedara al lado de su hermana, por lo que pudiera ocurrir. El hombre accedió, aunque tal vez de no muy buen grado. Hacia las dos y medfa, Conchita cayó en éxtasis y salió de casa. Ce– tuco tomó una linterna y la siguió. Era una noche blanca -a causa de la mucha nieve- y rigurosamente fría. Como volando por encima de toda aquella blancura, Conchita hizo presurosa el difícil camino de los Pinos... A Cetuco se le quitó el frío con su esfuerzo por seguirla. Un rato más tarde, Aniceta, bien abrigada, se echó igualmente a la calle para ver de reunirse con sus hijos. Era impresionante el frío; pero más aún, el silencio de todo y el apagado resplandor de la nieve... Cuando, al fin, jadeante, llegó a los Pinos, la pobre mujer quedó como muda ante la escena que veían sus ojos: allí estaban, sobre la nieve, sus dos hijos, de rodillas y rezando. Conchita,--absorta en su visión, dirigía el rosario; Cetuco, con toda piedad, iba respondiendo. ¿Qué podía hacer ella, sino sumarse plenamente a tan insólito rezo? Al cabo de un rato, la niña dio señales de ponerse en marcha; y en– tonces la madre se adelantó a bajar, para prepararle de algún modo el camino, apartando la nieve en los pasos más difíciles ... Fue una pre– caución inútil, pues la niña, ¡de rodillas y de espaldas!, se deslizaba 2 Su nombre ha de resultar ya bien familiar a nuestros lectores, por las muchas veces que ha salido en estas páginas. ' Esta mujer, funcionaria de un Ministerio en Madrid, sería posteriormente una de las más eficaces propagandistas y mantenedoras de la causa de Garabandal. 4 Cetuco (le llamaban familiarmente así, con un diminutivo muy montañés de Aniceto) era el hijo segundo de Aniceta. Moriría en plena juventud -con muerte ejemplarísima- en una clínica de Burgos, el año 1966.
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