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310 bien, lo demás es beatería... » Se comprende; desde el momento en que se ve la misa casi únicamente como asamblea del pueblo de Dios, y la comunión, como simbólica comida entre hermanos, no se ve que haya tanta necesidad de una purificación interior: en la intimidad sólo penetra Dios, y cuando a El se le deja demasiado en la penumbra... Garabandal, en este punto, corno en tantos otros, venía a la Iglesia con el ademán, misericordioso y saludable, de ofrecer a tiempo unas rectificaciones del cielo a ciertas desviaciones de la tierra. ¿No estará aquí la causa principal de que haya encontrado tanta oposición? Garabandal, en su eminente dimensión eucarística, enlazaba miste– riosamente con la «actualidad» del catolicismo, flanqueando con sobe– rano vigor la doctrina de siempre en torno a nuestro «Mysterium Fidei», doctrina que iba siendo ya mordida por peligrosas crisis, doctrina cuya defensa exigiría bien pronto nuevos documentos al Supremo Magisterio, hasta culminar en el Credo del Pueblo de Dios qJJ.e proclamó la voz de Pablo VI el 29 de junio de 1968: «Creemos que así como el pan y el vino consagrados por el Señor en la última Cena se convirtieron en su Cuerpo y en su Sangre, que iba a ser derramada por nosotros en la Cruz, así también el pan y el vino consagrados por el sacerdote en la misa se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo, sentado gloriosamente en los cielos; y creemos que la misteriosa presencia del Señor, bajo las especies de esas cosas -pan y vino-, que continúan apareciendo a nuestros sentidos como antes, es una presencia verdadera, real y sustancial. He aquí aquel misterio de fe y de riquezas eucarísticas, al que hay que prestar asentimiento sin reserva alguna,.. Con su existencia única e indivisible, Cristo permanece presente, también después de celebrado. el sacrificio, en el Santísimo Sacramento, que se conserva en el Sagrario, corazón viviente de nuestros templos. Por lo cual, es para nosotros un dulcísimo deber honrar y adorar en el Pan Santo, que vemos con nuestros ojos, al mismo Verbo encar– nado, a quien ellos no pueden ver, y que así, sin dejar el cielo, se ha hecho presente entre nosotros.» Yo he escogido estas alturas de nuestra historia -en el umbral del segundo año de los sucesos- para hablar de la dimensión eucarística de Garabandal, porque tal dimensión, aunque ya manifestada abierta– mente durante 1961, fue sobre todo en 1962 cuando se dejó sentir, hasta el punto de dar a este segundo año como una especial característica, que había de suponer para todos la mejor vivencia de algo que nunca debemos olvidar: «A Jesús, por María». O, dicho de otro modo, por Ella, a El.
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