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306 hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros» (Jn. 6, 53). Y no sólo esto; los cristianos no podemos descuidar nunca otra gran razón eucarística que apuntó San Pablo (1 Cor. 11, 26): «Cada vez que coméis de ese Pan y bebéis de ese Cáliz, vosotros vais proclamando la inmolación del Señor, hasta que El vuelva.» Hasta que El vuelva. Quizá para toda esta promoción eucarística que se quería lanzar desde Garabandal hubiera un nuevo apremio, ex– tremadamente importante: la inminencia de tiempos muy difíciles, de signo escatológico, en los que, menos que nunca, podrían quedar los fieles «solos ante el peligro»... Circunstancias de esta operación «Eucaristía» No haremos más que apuntarlas. En cuanto al lugar de tan extraordinarias comuniones, podemos afir– mar que donde más veces ~no exclusivamente- las recibieron las niñas, fue : en los Pinos, ante las puertas de la iglesia, en la piedra de «la Campuca» 3 • Acerca de la hora: como si el ángel se atuviera escrupulosamente a la disciplina entonces vigente en nuestra Iglesia Católica (por aquellas fechas se consideraban como una excepción las comuniones vesperti– nas), casi siempre citaba a las niñas en horas de la mañana 4 • Y por lo que se refiere al rito, ya hemos visto qué nos dice Conchita en su diario y don Valentín en sus notas; se seguía la forma acostum– brada: rezo del «Yo pecador», recepción de la sagrada. hostia, acción de gracias y «Alma de Cristo». 3 Don José Ramón García de la Riva, el cura de Barro, parece indicar en sus memorias que hubo un tiempo en que el Angel casi no daba la comunión más que a Conchita y a Loli; y escribe: «Los lugares donde recibían la comunión eran: para Conchita, los Pinos, el «Cuadro», el pórtico de la iglesia; para Loli, esos mismos sitios, menos los Pinos (al menos yo no estoy enterado de que allí la recibiera alguna vez, por el tiempo en que solas las dos recibían la sagrada comunión de mano del Angel)... »Yo asistí, y tomé fotógrafías, a varias de esas comuniones de Loli, y a una de Conchita, estando ella muy pegada a las puertas de la iglesia. »Estos éxtasis de la comunión no solían durar más de diez minutos.» • Y a veces en horas tan m!!ñaneras, tan mañaneras, que empalmaban muy bien con los rezos «matutinos» de los antiguos monjes. Merece anotarse este relato que he escuchado de labios de Julia, madre de Loli. Una noche, la niña había tenido aparición en la misma alcoba de sus padres, ya acostados, pero que no dormían. Al cabo de un rato, la pequeña se puso en pie, fue a la pue,rta y empezó a bajar las escaleras... Serían como las 3 de la madrugada. A su •. madre se le hacía costosísimo levantarse, pues estaba muerta de cansancio y sueño; pero no pudo dejar sola a la niña. Se tiró de la cama, se abrigó como pudo y salió detrás de ella. Loli, en éxtasis, se dirigió hacia la iglesia, y en su pórtico cayó de rodillas, para recibir la comunión, que venía a darle el Angel. Había nevado y hacía mucho frío. Confiesa Julia que al verse sola a tales horas de la noche, rodeada del apagado resplandor de la nieve, en medio de un silencio impresionante, sola al lado de una débil niña, ¡que estaba fuera de este mundo!, sintió una extraña mezcla de emoción y de miedo.
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