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Se fue con prisas a la montaña 305 el ángel principal, San Miguel, trae al Señor... ; los otros dos, custo– dios de las pequeñas, le veneran... ; ellas, de :-odillas, muy de rodillas, le reciben... · ¡Este es el misterio de nuestra fe! «O sacnlin convivium... » Cuando Conchita y Mari Cruz se incorporaron, fuera ya del mundo del milagro, pudieron contemplar el espléndido panorama... Era como para sentir de verdad el Credo: «Un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra, de todo lo visible ( ¡cómo se desplegaba entonces a sus ojos!) y de lo invisible ( jcuántas pruebas estaban reci– biendo de su realidad!) ... y un solo Señor, Jesucristo», en quien los dos mundos se encontraban, para .llegar a conjuntarse en el dúo eterno de la glorificación. Por notas de don Valentín, correspondientes a ese mes de julio de 1961, se ve toda la exactitud de la breve referencia de Conchita en su diario: «Y dándonos la comunión estuvo" mucho tiempo» ... ¿Por qué, entonces, si la cosa empezó tan pronto, y era de tanta importancia, la niña escribió de ella bastante tarde, después de haber hablado de mu– chas otras cosas? Quizá se deba a que la pequeña narradora tratase de explicar ante todo lo que parecía más interesante, por ser de mayor «gusto» para ellas y más llamativo para la gente: las epifanías angélica y mariana, con su increíble serie de fenómenos extraños.. Sea de ello lo que fuere, de esto sí que no cabe dudar: de que toda aquella cadena de comuniones por ministerio del ángel, aunque no haya ocupado un primer puesto en la narración, sí que lo tiene en la realidad de Garabandal: es una parte constitutiva de su misterio. Oportunidad de una lección Todo un despliegue de pequeños milagros a favor de la asidua par– ticipación en la Eucaristía había de resultar más llamativo allí, en el ambiente de un viejo pueblo cristiano, donde la Comunión era tenida, desde tiempo inmemorial, como algo demasiado serio, para permitirse el recibirla con frecuencia, ¡y, mucho menos, todos los días! 2 El Santí– simo Sacramento estaba mucho más rodeado de veneración _que de amor; y, por eso, las álmas, aunque de verdad creyentes .y religiosas, se mantenían de ordinario como a una respetuosa distancia. Se habían quedado demasiado en el «Domine, non sum dignus... », «Señor, yo no soy digno... ». · Había que llevarlas, aunque fuese a golpe de milagros, hacia una mayor vivencia del gran sacramento de nuestra fe. Porque la Palabra del Señor acerca de esto ha sido ·muy apremiante desde el principio: «En verdad, en verdad os digo, que si no comiereis la carne del Hijo del 2 El caso de Garabandal en este aspecto no era demasiado extraordinario; he conocido bastantes otros pueblos pequeños, por tierras de León y Castilla, donde las cosas estaban lo mismo, poco más o menos. Podría decir dt:: un pu~b~ecillo ~m~– galés, de costumbres sanísimas, donde nadie faltab'1 a la misa domm1cal (n1 si.– quiera al rosario), donde se rezaba en todas las casas a ciertas horas del día, donde no se oía una blasfemia... y, sin embargo, sus habitantes; como la cosa más natural. del mundo, comulgaban sólo una vez al año, cuando el «cumplimíerttó pascual», ..

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