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Se fue con prisas a la montaña 303 «Un dia nos mandó que fuéramos a la mañana (siguiente) a los Pinos, sin comer nada, y que fuera una niña ·con nosotras; y nosotras llevamos a la niña, e hicimos lo que él nos mandó.» Se habían terminado los ensayos; empezaba ya algo serio y grande, de mucha trascendencia para la marcha espiritual de aquellas niñas (y no sólo de ellas... ). Por alguna razón misteriosa, también ahora, como en otros momentos importantes de Garabandal, se requiere la presencia de una niña «testigo». Siempre fueron escogidas para esta función dos pequeñas de seis años: Sari, hermana de Loli, y Carmen, hermana de Jacinta; . no sabemos cuál de las dos fue la que intervino en la presente ocasión. «Cuando llegamos a los Pinos, se nos apareció el ángel, con un copón como de oro, y nos dijo: "Os voy a dar la comunión, pero ahora ya es– tán las sagradas formas consagradas. Rezad el 'Yo pecador'..." Y nos– otras lo rezamos, y después nos dio la comunión. Y después de comulgar, nos dijo que diéramos gracias a Dios. Y luego de dar gracias, nos dijo que rezá:vamos con él el "Alma de Cristo", y nosotras lo rezamos. Y nos dijo: "Mañana también os la daré", y se fue.» La comunión se da, pues, según el rito tradicional en la Iglesia Cató– lica. (La primera vez que el señor cura, don Valentín, anotó en su agenda esta clase de comuniones de las niñas, escribió: (<Dicen que hizo igual que hago yo cuando doy la comunión».) Se abre el rito con un acto de purificación del alma, mediante la humilde confesión de los pecados, y se cierra, recibido ya el Señor er: la propia intimidad, ,con un esfuerzo de concentración para comunicarse con El. Esto último es lo que se ha buscado siempre entre nosotros con eso de la «acción de gracias después de la comunión»; pero desgraciadamente, para muchos de la «nueva hora de ·la Iglesia», sacerdotes y fieles, esto ya no tiene sentido: acabada la misa, o recibida la bendición, no hay por qué entretenerse más, ya se ha cumplido, y ya está bien... Se comprende: no puede resultar cómodo detenerse, ante unos ojos que escudriñan demasiado, responder a una presencia que... se lleva mucho mejor no pensando en ella. ¡Oh, los santos motivos de tantas prisas y de tanto hablar de atender al prójimo! La densa oración que el ángel quiso que las niñas aprendieran a re– zar como final de sus comuniones, tiene sin duda un gran valor y ha sido mµy usada en los sectores piadosos del ::atolicismo desde los tiem– pos de San Ignacio de Loyola; puede encontrarse en cualquier devocio– nario (rara especie de libro, que ya no resulta fácil de ver). Prosigue Conchita: «Cuando se lo decíamos a la gente (P-sto de las .comuniones por mano del ·ángel), no lo creían algunos, sobre todo los sacerdotes, porque decían que el ángel no podía consagrar. Y nosotras, cuando volvimos a ver al ángel, le dijimos :o que decía la ·gente, y él nos dijo que las cogía {las formas) en los sagrarios, que las cogía de la tierra, ya consagradas. Y luego, se lo decíamos a la gente, y algunos lo dudaban. Y dándonos la comunión estuvo mucho tiempo.» Todo esto lo trae Conchita casi al final de lo del primer año de apariciones, y no deja de chocar que no hablara de ello ya en las pri-
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