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CAPÍTULO PRIMERO i<SE1'í0R, ¿DONDE HABITAS?» Casi en el comienzo del cuarto evangelio, el de San Juan, encontra– mos un relato delicfoso: «Al día siguiente; Juan Bautista estaba en compañía de dos de sus discípulos; fijando entonces su mirada sobre Jesús, que pasaba cerca, exclamó: ¡He aquí el Cordero de Dios! Al escuchar esto, aquellos dos discípulos se pusieron a seguir a Jesús. Entonces Jesús se volvió, y viendo cómo le seguían, les preguntó: "¿Qué es lo que queréis?" A lo que replicaron ellos: "Maestro, ¿dónde paras tú?" -"Venid y lo veréis." Y ellos fueron, y vieron dónde se había instalado (en un "tabernáculo" o tienda de campaña), y se quedaron con El» (Jn. 1, 35-39). Como en sus tiempos Juan Bautista, también María_, en los días de Garabandal, fue atrayendo hacia sí la atención de lós d1scípulos, para dirigirla luego hacia... ¿hacia quién? Ciertamente, si en los sucesos de Garabandal se produjo una abun– dantísima «epifanía mariana», como ya queda visto, pronto apareció claro que ésta no tenía en sí misma toda su razón de ser, sino que venía con una finalidad superior, que apuntaba más arriba. El encontrarse así con María, en la escuela de María (la primera formadora de Jesús), debía producir que las almas se entendiesen luego con El, el único Salvador. No podrá comprenderse el extraño proceso de Gari;tbandal, sin tener muy en cuenta una esencial dimensión del mismo, que podría rotularse así: Por Ella, a El. De aquí el título de esta segunda parte de nuestra obra.
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