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Se fue con prisas a la montaña 293 «Algunas veces pienso si entre las personas que he conocido había alguna que me quisiera de verdad... Muchos mimos, muchas frases cariñosas; pero me querían para sí. Veía que hasta los sacerdotes se enfadaban unos con otros, por tener en mí más parte o intervención... Me da vergüenza que me alaben, y agradezco que me digan lo que hago mal.» Día 3 de diciembre La Madre lee y explica la parábola del Buen Pastor. Con esta oca– sión, Conchita le va confiando los recuerdos de su vida, desde muy niña, «con paz y alegría» ... Termina así: «-Todo lo pasado lo veo ahora como un sueño: las apariciones, la gente... Siento que muchos duden de las apariciones por mis negacio– nes; y me ocurre, cómo si al negar quisiera decir también: "¡Esperad! No os desaniméis". Creo que esto lo sentimos las tres. «Cuando pienso en la Virgen, me la represento como aquella que "soñé". ¡Qué bien, si ahora se viniera Ella aqní, en el recibidor, con las dos! ¡Qué alegría! No hace falta ser perfectos para verla. Yo he sido una niña con muchos defectos. El día que se nos apareció el ángel, me acababa de pegar con Jacinta. Y ya ve que ahora ni siquiera me gusta rezar. Ella viene precisamente para hacernos buenos... . «¡Si viera qué humana es la Virgen! Algunas veces repetía, como en broma, nuestras expresiones mal dichas, y lo hacía para que tomára– mos confianza. Pero nosotras se la tuvimos desde el primer momento. «Ahora dudo de muchas cosas; pero de lo que no sienºto la menor duda es de las "llamadas"; las recuerdo perfectamente y, además, como si ahora mismo las sintiera.» Día 6 de diciembre «-No siempre nos han tratado bien. Algunas veces nos han dicho disparates, y nos han insultado. ¡En cuántas ocasiones he tl:nido que oír verdaderas mentiras sobre nosotras! -Cuando se portan de ese modo, ¿te molestan? -No; me quedo tan tranquila. De verdad q:ie no me hiere; y esto nos pasa a las cuatro. No sé la causa. El que me digan cosas duras, no me importa; humilla mucho más que te alaben. «No siento rencor ni odio hacia nadie. .Cuan::lo los sacerdotes de la Comisión, o los encargados por ellos, nos atacaban, y los demás se en– fadaban por esto, yo no. Pensaba que. debían obrar así; y los quiero. Amo mucho a la gente que parece buena, piadosa; y también a los que están enfermos, y a los que viven su vocación, o que, teniéndola, no la han podido alcanzar aún. A lo mejor, después del Milagro, yo también puedo ir monja. ¡Qué alegría!» 8 • 8 Conchita pasó las Navidades en .el pueblo, con su familia.
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