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272 en la equivocación de creerlo También aquí se cumplió el peligro» 10. «suyo», de que casi podían jugar con él. dicho de que «en la confianza está el Lo que de todos modos resulta evidente, es que bien poco pueden esos raros y aislados «puntos negros» contra la CLARIDAD que des– prende un abrumador despliegue de pruebas y testimonios a favor de la autenticidad sobrenatural de los hechos garabandalinos en su con– junto. Aunque no tenga abierta relación con lo que antecede, no me resigno a dejar de poner aquí lo que Conchita escribió a continuación en su diario (pág. 51): «Cuando íbamos juntas, cuando se nos descalzaba el calzado, decía la Virgen a la otra: "Cálzala", y nos calzábamos unas a otras; y cuando íbamos solas, si nos descalzábamos, seguíamos toda la aparición descalzas ... y a lo último nos .decía la Virgen dónde estaba el zapato, o lo que fuera 11. En nuestras apariciones le pedíamos a la Virgen que hiciera un mi– lagro, y Ella no nos decía nada: se sonreía. Y nosotras le decíamos: "¡Hazle!, para que la gente crea, -que no lo cree nadie..." Y ella se son– reía.» Detalles deliciosos, que están proclamando la verdad de que era una auténtica Madre la que hablaba con sus hijas. Cartas desde el «invierno» A pesar de lo mucho que cundió la decepción con motivo del 18 de octubre, siguió subiendo gente a Garabandal. Y es que la llama no se había apagado en todos, como no se había apagado del todo la corriente de los llamativos fenómenos. , Ya hemos visto algunos; pero podríamos hablar de muchos más. Por ejemplo, de aquel éxtasis que ocurrió poco después del 18, durante 10 Parece que también para algunos resultaba «punto oscuro» el que las niñas buscaran evadirse de las preguntas con que las asediaban tantísimos curiosos... Aparte de Ia molestia de tanto preguntar, y de la abierta indiscreción de no _pocos, podía motivar la actitud de las niñas aquéllo que apunta Santa Teresita del Niño Jesús en su autobiografía, como resultado de haber confiado a algunas personas -no tuvo otro remedio- la intervención maravillosa de la Virgen para curarla de la extraña enfermedad que la acometió a sus diez años: «Como lo había presentido, mi felicidad iba a desaparecer, cambiándose en amargura. El recuerdo de la gracia inefable que había recibido, fue para mí, du– rante cuatro años, una verdadera pena interior... En el locutorio del Carmelo me interrogaron acerca de la gracia que había recibido, preguntándome si la Virgen llevaba al Niño, si resplandecía mucho, si.. . Aquellas preguntas me tu:::baron y me hicieron sufrir. Yo no podía decir más que una cosa: «La Santísima Virgen me ha– bía parecido muy hermosa. .. y me había sonreído». Sólo su rostro me había im– presionado. Por eso, viendo que las carmelitas no sé qué se imaginaban, caí en la angustia de pensar que también aquí había mentido... Sólo en el cielo podré decir lo que sufrí». («Historia de un alma», final del cap. III.) 11 Hay muchos testimonios de espectadores que confirman cuanto aquí dice Conchita. Los «de fuera» no podían «intervenir» en lo que ocurría dentro del «mundo aparte» de los trances.
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