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Se fue con prisas a la montaña 269 Todo fue inútil: sin violencia ninguna, era ella la que me llevaba irre– sistiblemente a mí. Era evidente que, con su mirada hacia arriba, a pesar de la noche, de la lluvia y del paraguas, ella veía de continuo algo que yo no podía alcanzar ni impedir, algo maravilloso que la arre– bataba y la llevaba... «El éxtasis se prolongó mucho, los caminos estaban intransitables, Y llegó un momento en que, verdaderamente cansado, no podía ya casi con el paraguas; entonces lo cerré, aunque seguía a todo llover. Pero no tuve valor para dejar sola a la niña... No mucho después de cerrar el paraguas, yo me sentía ya tan completamente calado, que el agua me salía hasta de los zapatos. Al pasar bajo una pequeña bombilla -por las calles del pueblo había poquísimas-, me pareció advertir que la niña iba completamente seca; lleno de asombro, le pasé tres veces la mano por los hombros y el pelo: tan de verdad iba completamente seca bajo aquel aguacero, que pasándola por su pelo se me secó la mano, que yo tenía bien fría y mojada.» «La verdad de todo esto podría yo jurarla ante los Santos Evange– lios. Y que nadie me venga con que tal vez sufrí alguna alucinación... porque soy mucho más fácil para las desconfianzas y las dudas, que para las alucinaciones, de las que no recuerdo haber tenido una sola en mi vida.» Este mismo señor, tan difícilmente contentable en 'orden a un creer sin reservas, pudo presenciar por entonces otra auténtica maravilla. También hacía mal tiempo -«el pueblo estaba completamente emba– rrado»- y fue en el curso de un éxtasis que tuvieron conjuntamente Jacinta, Loli y Conchita. Esta última marchaba entre las otras dos, y de pronto el crucifijo que llevaba en las manos, sobre el pecho, se le cayó... No obstante, la marcha de las tres continuó, como unos 25 ó 30 metros más; entonces se oyó a Conchita: «¡Ah! c·Que lo recoja? ¿Que me dices tú dónde está?» Sin•cambiar de postura, fueron retrocediendo las tres hasta el punto donde había caído el pequeño crucifijo. «Conchita, sin dejar de mirar hacia arriba, empezó a agacharse, con el brazo extendido hacia abajo. Detuvo este movimiento cuando su mano estaba como a medio metro del suelo... y todos los que estábamos allí pudimos ver, estremecidos de emoción, cómo el crucifijo salía del barro y subía hasta la mano de la niña; ésta lo apretó, y lo llevó de nuevo a la altura del pecho, manteniéndolo allí, fervorosamente, entre las ·dos manos. Luego reemprendieron su marcha.» «Tan pronto como acabó el éxtasis, yo me puse a mirar detenida– mente las manos de Conchita: y puedo afirmar que ni en sus manos, ni en el crucifijo pude descubrir la menor señal de barro.» «Estoy dispuesto a atestiguarlo donde sea; y creo que no sólo yo, pues había allí bastantes personas, que lo vieron como yo. Recuerdo concretamente a una señora de Los Corrales de Buelna (Santander), llamada Daniela Cuenca.» Hablando de todas estas cosas, años más tarde, el señor Ruiloba con un amigo santanderino, le decía: «Muchas fueron las pruebas que me dio la Virgen, para que disipara mis dudas ..., sin embargo, como tú sabes bien, y según me lo, había de predecir Conchita, yo llegué pos

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