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268 «Desde el recoveco donde me había metido, detrás de la fuente, yo podía observar, sin ser advertido, bastante cosas de las que estaban ocu– rriendo; y así me di cuenta de que las niñas habían cesado en sus éxtasis: sólo seguía extática Conchita, a quien vi venir hacia su casa, próxima al lugar de mi .escondite. Vi perfectamente cómo entraba en ella... y sufrí en aquel momento una tremenda decepción, al ver que mi oración no había sido escuchada, y que en consecuencia mis dudas tenían fundamento 1 ... » «Estaba saboreando amargamente esto, cuando de repente vi que la gente que había entrado en la casa, empezaba a salir rápidamente, y detrás, la niña, todavía en éxtasis: aquello me sobresaltó, intuyendo cuál podría ser el motivo. Conchita, en efecto, vino derecha hacia mí, man– teniendo como siempre la cabeza inverosímilmente vuelta hacia arriba, lo que le impedía del todo ver lo que tenía delante o alrededor; llegó al recoveco donde yo me había escondido, se paró :ante mí, y ¡por tres veces me dio a besar el crucifijo!» «La respuesta estaba tan clara, que se disiparon todas mis dudas .. . al menos por entonces.» Hace muy bien el señor Ruiloba en añadir esta salvedad final, pues parece que las dudas o perplejidades no dejaban de asaltarle por cual– quier motivo, y eso que venía siendo testigo, como pocos, de innumera– bles cosas sorprendentes en Garabandal. «Otro día -me acuerdo que era una noche malísima y llovía to– rrencialmente- Jacinta cayó de pronto en éxtasis, y yo me presté a acompañarla solo: pensaba que iba a tener é;lSÍ ocasión de hacer nuevas e interesantes experiencias. Una· señora del pueblo me dejó uno de esos grandes paraguas que llaman familiares: lo abrí sobre la cabeza de J a– cinta, y seguimos los dos solos por las calles embarradas .. . El brazo con que yo sos.tenía el paraguas, pasaba por encima de los hombros de la niña, apoyándome suavemente en ellos: parecía tenerla totalmente a merced mía, y se me presentaba así la mejor ocasión para hacer nuevas pruebas sobre la realidad de aquellos trances, en torno a los cuales no dejaban de asaltarme las más diversas dudas.» «Me puse al intento de llevarla yo, no dejar que me llevara ella: la cosa parecía bien fácil, pues la niña no podía ver por dónde caminaba, a causa de las postura de su cabeza, de la noche cerrada y del para– guas, que yo mantenía bajo para que cerrase toda perspectiva. Repe– tidas veces, y haciendo fuerza con el brazo que le había echado por encima de los hombros, procuré llevarla en esta o en la otra dirección... 7 Es, psicológicamente, muy comprensible Ia ocurrencia o actitud del señor Rui– loba; pero debemos advertir, que de no haber recibido la prueba que quería, nada podía concluirse contra la verdad de lo que allí estaba pasando. Somos muy libres para pedir «pruebas» a Dios...; pero ninguna obligación tiene El de res– ponder siempre a esas peticiones nuestras, por muy jus;as que nos parezcan. Si lo hace, agradecérselo; si no fo hace, confiar lo mismo en El, sin desconcertarse. De un modo o de otro, por unos u otros caminos, no nos faltará lo necesario para ·saber a qué atenernos. -En Garabandal se dio mucho, mucho (y por parte de muchos), aquel talante, del que ya se quejó Jesús en sus días evangélicos: «Si no veis de continuo señales y prodigios, NO CREEIS» (Jn 4, 48).
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