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Se fue con prisas a la montaña 267 tenemos que decir, con harto sentimiento, que se lucieron los descali– ficadores. El haber comenzado misteriosa y oscuramente, si eso no se des– monta con serias pruebas, puede resultar hasta un buen signo a favor de Garabandal, pues nos lo hace ver en la línea de lo que Dios acos– tumbra, cuando trata de revelarse o desvelarse a los hombres: sólo al cabo de cierto proceso irá quedando suficientemente claro lo que El quería decirnos; y esto, no para todos, sino para aquellos que, no obs 0 tante sus muchas miserias, no «prefieran las tinieblas a la luz» (Jn 3, 19). Ante puntos oscuros No todos los que se sentían a favor de Garabandal, marchaban ·sin obstáculos por el camino de su adhesión. Ya hemos visto lo que le ocurrió al P. Andreu, cuando volvió al pue– blo después de la imprevista muerte de su hermano, y más aún, en aquellas negrísimas horas del 18 de octubre; asimismo, lo que vivió Marichu Aledo (doña María Herrero de Gallardo) con ocasión de esta última fecha, y lo que ya había observado anteriormente el P. Lucio Rodrigo, de la Universidad de Comillas ... Pero no fueron ellos solos. He aquí un nuevo relato de don Plácido Ruiloba, el conocido comer– ciante de Santander: «Yo había quedado impresionado por aquel primer mensaje del 18 de octubre, que hablaba tan seriamente de la necesidad de sacrificios y penitencia, porque se estaba llenando la copa y nos habría de venir un castigo muy grande.» «El pensamiento de este mensaje, completamente ortodoxo, me pun– zaba la conciencia, pues yo comprendía que efectivamente teníamos mu– cha necesidad de ser mejores... y no me faltaba la buena voluntad de procurarlo. Sin embargo, siempre me estaban asaltando las dudas, y cuando subía a Garabandal -cosa que hacía con frecuencia-, andaba a la caza de la posible parte negtiva, no precisamente porque tuviera algo contra aquello, sino por afán de esclarecer los hechos, con el fin de aquilatar mejor la verdad.» «Pues bien, uno de aquellos días del otoño del 61, no recuerdo exac– tamente la fecha, llegué al pueblo con una gran preocupación por todo lo que estaba sucediendo allí. .. Era por alguna cosa negativa que había visto, y de la que no logro acordarme ahora con toda precisión; sólo sé que aquello me atormentaba... » «Llegué al pueblo ya de noche -los días habían acortado conside– rablemente-, y a mi llegada, las niñas andaban en éxtasis. Me quedé a propósito en un sitio apartado, un lugar que no solía ser de paso en aquellas tan conocidas marchas extáticas de las niñas; y, siempre ator– mentado por mis dudas, empecé a decir mentalmente: "Virgen Santí– sima, ¡hay. que ver la cantidad de gente que va viniendo a ver esto! Y pensar que, si esto fuera mentira... ¡Cuantísimo mal podría hacer! Señora: para que yo acabe de ver que es tuyo todo esto que ocurre, te pido que, aun estando tan apartado como estoy, venga una de las niñas, desde donde esté, a darme a besar él crucifijo."»

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