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266 en el Apocalipsis, .con capítulos enteros que aún están esperando una sustancial clarificación. El mismo Jesús, Palabra personal del Padre, nos comunicó ciertas cosas con inmediata y transparente luminosidad; pero en cuanto a otras ... Que se lo hubieran preguntado a Nicodemo (Jn 3, 1-14), o a la mujer de Sicar (Jn 4,. 4-14), o a los oyentes de sus parábolas del Reino (Mt 13, 10-15), o a los que le escuchaban en la sinagoga de Cafar– naum al día siguiente de la multiplicación de los panes (Jn 6, 60 y 66), o a los que le abordaron, ya al final de sus días, con un vehemente apremio: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo? Si eres .de verdad el Mesías que esperábamos, dínoslo de una vez con toda claridad» (Jn 10, 24) 6... -«Cuando Dios nos quiere decir algo, sus palabras no admiten tergic versación ni oscuridad.» -Sí, y por eso en la Iglesia no han aparecido nunca (¡ ... !) herejes o maestros de error, que trataran de apoyar siempre sus doctrinas en textos de la Palabra de Dios... Cotéjese lo que dice el obispo en su segunda nota con la que hace siglos escribió San Pedro en su segunda epístola (3, 15-16): «Creed que la paciencia del Señor es para nuestra Salud, segí,n que nuestro amado hermano Pablo (el apóstol) os escribió conforme a la sabiduría que a él le fue concedida. Es lo mismo que hablando de esto enseña en todas sus epístolas, en las cuales hay puntos de difícil inteligencia, que hombres indoctos e inconstantes tergiversan o pervierten, no menos que las demás Escrituras, para su propia per– dición». Parece, pues, que el obispo santanderino se discuidó notablemente cuando escribió, o firmó, eso de que «Cuando Dios quiere hablar, lo hace en términos claros e inequívocos; cuando El quiere decirnos algo, sus palabras no admiten tergiversación ni oscuridad»... Sí en esa doble afirmación quisieron apoyarse él y los comisionados como base doctrinal para llegar a una descalificación de los hechos de Garabandal, porque allí no todos los puntos estaban ya bien claros, 6 ¿Se quiere un episodio más? Ahí está el de Mt 11, 2-15 y Le 7, 18. Juan Bautista llama a dos de los discípulos que le quedan, y les envía a Jesús con esta pregunta: «¿Eres tú el que había de venir, o aún hemos de esperar a otro?» La pregunta sí que está formulada en términos claros e inequívocos, para poner a Jesús en trance de afirmar abiertamente su personalidad de Mesías o Cristo. Pero ¿cómo es la respuesta de Jesús? Hizo delante de los enviados una serie de prodigios..., y les dijo luego: «Id a informar a Juan de cuanto habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. ¡Y dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí!» No es una respuesta «clara e inequívoca», sino misteriosa: con la suficiente cla– ridad para que la entendiesen ciertas almas, con la suficiente oscuridad para des– orientar a otras, que no tenían buena disposición hacia la: luz. ¡Qué significativo es el final! «Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí». O según una traducción más literal: «Dichoso aquel a quien yo no le sirva de tropiezo para caer». Evidentemente, en el hacer y en el decir de Jesús podrían encontrar los mal dispuestos base o materi4 para tergiversaciones y repulsas...
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