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Se fue con prisas a la montaña 265 -Habría que matizar asimismo eso de que los sacerdotes están puesos al lado de los fieles como «maestros de la verdad de la Iglesia». Esa es una parte muy principal de su altísima misión; mas no se puede contar con que siempre la cumplan... Debemos aceptarles como tales maestros cuando ellos se esfuerzan por darnos el pensamiento o doc– trina «de la Iglesia»; pero no les debemos la misma docilidad y con– fianza cuando, sobre puntos concretos, lo que nos dan ellos, es fruto de sus personales puntos de vista, que pueden ·ser muy discutibles. -Finalmente, y esto es más gordo, he de señalar como claramente inaceptable una doble y solemne afirmación: «Cuando Dios quiere ha– blar, lo hace en términos claros e inequívocos; cuando nos quiere decir algo, sus palabras no admiten tergiversación ni oscuridad». No sé cómo un obispo, y más siendo· especialista en estudios bíblicos, como monseñor Fernández, ha podido firmar eso. Porque, si algo apa– rece claro de la Historia de la Salvación, a través de los Libros santos, es que Dios no suele hablar así... Su hablar termina siendo claro e in– confundible, para las almas bien dispuestas, que le buscan de corazón y se aferran meditativamente a su Palabra, aunque oscura y difícil; pero dicho hablar empieza casi siempre en forma de insinuación o llamada misteriosa, que desconcierta, que incluso sirve de tropiezo a los mal dispuestos, que por eso es causa de «erección para unos y de ruina para otros» (Le. 2, 34). El hablar de Dios a los hombres suele ser un «proceso» de progre– siva comunicación, que sólo al final queda suficientemente claro, y esto, para las almas de buena voluntad. Es como la marcha de la luz en cada nuevo día: unos comienzos indecisos, en la vaga y confusa clari– dad del alba, que no permite captar bien las perspectivas ni distinguir netamente contornos o perfiles, para ir llegando poco a poco el in– equívoco resplandor que nos dé en conjunto y al detalle toda nuestra «circunstancia»·s. -«Cuando Dios quiere hablar, lo hace en términos claros e in– equívocos.» -Sí, como en los mensajes de los viejos profetas, los del Antiguo Testamento: tómelos en su mario cualquiera, y verá con qué maravi– llosa claridad los entiende ya desde la primera lectura... Sí, como en bastantes pasajes de los últimos profetas, los del Nuevo, por ejemplo s Porque Dios no suele hablar como dice .Mons. Fernández en su nota, andare– mos siempre a vueltas con la dificultad y el mérito en la FE. ¡La difícil FE! En orden a ella, muy frecuentemente las cosas estarán al mismo tiempo: sufi– cientemente claras, para que terminen viendo las almas de fundamental rectitud, y suficientemente oscuras, para que no vean, o encuentren siempre razones para no creer, los espíritus que andan en mala disposición. -«Para un juicio he venido ya a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos» (Jn. 9,39) . Los mismos milagros del Señor, que don Doroteo señala en su nota como pro– totipo de acción sobrenatural clara y auténtica, y en los cuales yo creo con toda mi alma, no deben de resultar tan «patentes» para todos... Que vea, si no, cómo hablan los equipos de «desmitizadotes» o «desmitologizadores» que en lo.s últimos años vienen cayendo sobre el Evangelio.
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