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262 De la prevención a la descalificación El señor administrador apostólico de la diócesis, don Doroteo Fer– nández, con un apresuramiento que no acertamos a explicarnos y que la Historia juzgará, hizo inmediatamente suyo el sentir de la Comisión y lo lanzó a los cuatro vientos mediante una «Nota oficial» que había de publicar el «Boletín del Obispado», número de noviembre, en sus pági– nas 214-215. Dice así: «Amadísimos hijos: Hace ya tiempo que os dije cuál debía ser nues– tra actitud ante el rumor público que atribuye a la Virgen Santísima ciertos hechos maravillosos, especialmente revelaciones, apariciones, lo– cuciones orales con otras señales más o menos extraordinarias. «Nos 1 quisiéramos ver en todos vosotros la suma discreción y pru– dencia con que la Iglesia juzga acerca de la sobrenaturalidad de tales fenómenos. Poderoso es el Señor, que nos dio la revelación de cuanto le plugo, para manifestarse y decirnos cuanto tenga a bien su bondad; · pero sería en nosotros gran falta de cordura el aceptar como venido del Señor cualquier soplo de opinión humana. Cuando Dios quiere hablar, lo hace en términos claros e inequívocos; cuando nos quiere decir algo, sus palabras no admiten tergiversación ni oscuridad. Y es a la Iglesia puesta por Jesucristo, no a la opinión pública, y mucho menos a la de algún particular, a quien compete el juicio definitivo sobre tales hechos supuestamente sobrenaturales. Que nadie se arrogue y atribuya funcio– nes y poderes que Dios no le ha confiado, porque el tal sería un usur– pador e intruso. Por lo que respecta a los sucesos que vienen ocurriendo en San Se– bastián de Garabandal, pueblo de nuestra diócesis, debo deciros que en cumplimiento de nuestro deber pastoral y para salir al paso de inter– pretaciones ligeras y audaces de quienes se aventuran a dar sentencia definitiva donde la Iglesia no cree aún prudente hacerlo, así como para orientar a las almas, venimos en declarar lo siguiente: «l. No consta que las mencionadas apariciones, visiones, locucio– nes o revelaciones puedan hasta ahora presentarse ni ser tenidas con fundamento serio por verdaderas y auténticas. «2. Deben los sacerdotes abstenerse en absoluto de cuanto pueda contribuir a crear confusión entre el pueblo cristiano. Eviten, pues, cuidadosamente, en cuanto de ellos dependa, la organización de visitas y peregrinaciones a los referidos lugares. «3. Ilustren a los fieles con sobriedad y caridad acerca del verda– dero sentir de la Iglesia en estas materias. Háganles saber que nuestra fe no necesita de tales apoyos de supuestas revelaciones y milagros para sostenerse. Creemos lo que Dios nos ha revelado y la Iglesia nos enseña: a esta categoría pertenecen los milagros claros y auténticos de Jesu- 1 Esto del «Nos» en lugar del «yo», es lo que podemos llamar plural mayestá– tico o de autoridad. Hasta hace muy poco .era fórmula corriente, casi obligada, en los documentos de las diversas jerarquías eclesiásticas. Lo advierto, por algunos lectores a quienes pudiera chocar la expresión.
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