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258 lo pague! El último kilómetro tuve que hacerlo descalza sobre aquel lodazal de piedras sueltas: se me rompieron los zapatos y tuve que ti– rarlos. Sin embargo, créase milagro o no, no sufrí el menor roce en mis pies, se me quedaron tan intactos como si hubiese bajado sobre una alfombra. «Cuando a hora muy avanzada de la noche me encontré al fin en mi cuarto de Santander, lloré desconsolada. Me parecía que Garabandal había terminado para siempre. «Yo no podía dudar de la verdad de las apariciones que había pre– senciado: me hubiese dejado matar por defenderlas... ¿Qué había pasa– do entonces en aquel decepcionante 18 de octubre? ¿Es que habíamos defraudado a la Virgen, y ya no volvería? ¡Muy probablemente! Me par– tía el alma este pensamiento... , y así fue aquella noche para mí una verdadera "noche oscura", quizá la única en lo que se refiere a Gara– bandal». Hasta tal punto fue general el temor o el pensamíento de que aquella jornada del 18 de octubre era «la muerte de Garabandal», que dos días después, el 20, se le oyó a Jacinta en éxtasis: «Ya no nos cree nadie, ¿sabes?... Así que ya puedes hacer un milagro muy grandísimo para que vuelvan muchos a creer... » La respuesta de la Virgen fue son– reír y decirle: «Ya creerán»46. El doctor Ortiz exprime en pocas palabras su vivencia de este 18 de octubre en Garabandal: · «A pesar del ambiente que había, tan propicio para la sugestión, pues la mayoría de la gente, ilusionada, estaba esperando un gran mi– lagro, yo no pude descubrir ni un solo caso de tal sugestión... ¡Hecho muy importante!, si se tiene en cuenta que algunos de mis colegas, con otros miembros de la Comisión, vienen sosteniendo que se trata de "fenómenos de sugestión colectiva". «Muchos de los que habían subido al pueblo, al no suceder el Mila– gro, que ellos se tenían imaginado, nunca anunciado por las niñas, ba– jaban totalmente defraudados, y hasta de mal humor. Una mujer del pueblo, Angelita, cuñada de Maximina, escuchó a un forastero que gri– taba con indignación: -¡Las niñas, a la hoguera! ¡Y sus padres con ellas! -Oiga, oiga -le replicó la mujer-: ¡A usted sí cpie--le debían que- mar! ¿Qué telegrama le han puesto para que subiera aquí?» La ya citada doña María, cuya aportación tanto nos ha servido para dar una visión de aquel día inolvidable, termina su relato así: «Yo no acierto a decirle más; pero estoy segura de que ese 18 de octubre tiene que estar plagado de anécdotas interesantes y más o menos inexplica– bles. De una cosa no puedo dudar: que los ángeles del Señor tuvieron que velar sobre cada uno . de nosotros, para que, como dice el salmo, «no tropezaran nuestros pies contra las piedras del camino», o de los caminos.... Creo que todos volvimos ilesos a casa; yo, por lo menos, no 46 Aunque en menor escala, también la historia de Lourdes conoció un momento así, a consecuencia: de haber visto los espectadores cómo Bernardita Soubirous, en uno de sus trances, se ponía a comer hierba y se clavaba> con barro... Casi todos creyer"n que era una pobre trastornada.
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