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Se fue con prisas a la montaña 257 sitios donde yo había estado y lo que había pensado allí! Puedo ase– gurar que no se equivocó en nada» 45, No todos tuvieron esta gracia del P. Andreu, de salir tan pronto de la noche de su decepción. Mientras él tenía en el pueblo tan inefables experiencias, la inmensa multitud descendía en condiciones infernales por los difíciles caminos de Garabandal. «Cuando acabó lo ·de los Pinos, mis amigas se empeñaron en volver en seguida y de prisa a Santander, sin detenernos más en el pueblo -nos dice doña María Herrero-. «Y así me perdí .algo que por lo visto fue maravilloso: cuando las niñas bajaban de los Pinos, con la Guardia Civil, y la multitud asedián– dolas, al llegar al «cuadro», . entraron súbitamente en éxtasis; dándose la vuelta, empezaron a mirar hacia los Pinos, pues su visión venía de allí, y reculando hacia atrás bajaron al pueblo. Creo que todo acabó ante las puertas de la iglesia; y me han dicho que fue de verdad maravilloso». Conchita recoge así el episodio en su diario (pág. 38): «Después de leerle (el mensaje), nos bajamos para el pueblo; y en la calleja, donde el sitio que llamamos cuadro, se nos apareció la Virgen, y me dijo a mí la Virgen: "Ahora está dudando el P. Ramón María Andreu", y yo, pues me extrañó mucho..., y me dijo dónde había empezado a dudar, y que había pensado, y todo». Volvamos al relato de la señora Herrero de Gallardo: «Yo bajé con la multitud, y como muchos, en parte descontenta y en parte impre– sionada. Ya no se oía, como a la subida, a grupos que rezaban el ro– sario o cantaban himnos. «Por debajo del pueblo es cuando empecé a sentir más miedo: la avalancha de gente bajaba con prisas, a toda velocidad, resbalando por el barro y empujando. Para. que no faltara nada, se desencadenó una tormenta como no he visto. Los truenos retumbaban atronador~s por aquellos valles, y los rayos caían sin cesar, cegándonos de luz. ¡Cuánto invoqué a San Miguel! «Como me resbalaba y perdía el equilibrio, y temía que la gente ac!l– bara pisoteándome, me senté en el suelo, a un lado del camino, abruma– da por el miedo. Dos hombres, cuyo rostro no pude reconocer por la oscuridad, me tomaron cada cual por un brazo, y así pude llegar hasta Cossío. No sé quiénes serían; pero de todo cor¿µ;ón digo: ¡Que Dios se 45 EJ P. Andreu ha relatado varias veces esta su personalísima vivencia del 18 de octubre, con algún que otro detalle de más o de menos; uno de tales relatos ha sido recogido en cinta magnetofónica. Yo me he atenido, casi al pie de la letra, al que él mismo dio al editor francés del diario de Conchita: «Journal de Con– chita», págs. 110-113 (París, 1967. Nouvelles Editions Latines). «Como efecto de todo aquello -ha confesado él pocos años más .tarde a un auditorio de Palma de Mallorca-, yo estuve quince días, si no como sonámbulo, sí con una impresión tremenda... Porque me. impresionaba hasta el máximo, que cuando en mi vida me había creído más solitario -que fue aquella noche en el monte Garabandal-, estuviera de ·hecho totalmente controlado, hasta en mis más recónditos pensamientos; y que tales pensamientos fueran tari fácilmente a cono– cimiento de aquellas niñas a ,través de un misterioso personaje que ellas decían . ver... »

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