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256 «Entonces ella viene hacia mí y me dice sonriente: -Siéntese usted. Me señalaba una especie de camastro. Le obedecí corno un autómata, y ella vino a sentarse a mi lado. La conversación que siguió, confidencial, creo que no se me olvidará en la vida: -De ustedes tres hay uno que no cree .. . ¿Sabe usted quién es? -Sí, lo sé. ¿Lo sabes tú también? -Ciertamente. La Virgen me lo ha dicho. -¿Cuándo? -Hace muy poco: cuando bajábamos de los Pinos. -Pues a ver: dínoslo. -No me atrevo. Si fuera uno de los otros dos .. . -Sí, yo soy; y ya no creo en nada. En los ojos tan infantiles de Loli brilló una sonrisa comprensiva: -Nos dijo la Virgen: "El Padre duda de todo, y sufre mucho. Lla- madle y decidle que no dude más, que ciertamente soy yo, la Virgen, quien se aparece aquí. Y para que os crea mejor, le diréis: Cuando su– bías, subías contento; cuando bajabas, bajabas triste". «Me quedé estupefacto, mirando a la niña. Ella añadió: -A Conchita le ha hablado mucho de usted. «Me levanté; veía confusamente que aún no había llegado la hora de los adioses .. . Tomé el brazo a los dos amigos, que me miraban sin comprender y me preguntaban: ''Pero ¿qué es lo que le ha dicho?, ¿qué pasa?", y les empujé hacia la puerta, diciendo: "¡Vamos en seguida a la casa de Conchita!" «A pesar de lo intempestivo dt:! la hora, Aniceta nos recibió. -¿Puedo estar con Conchita? · -Ya está acostada; pero usted puede subir, si quiere. «Subí con los dos amigos. Conchita estaba en la cama con su prima Luciuca, un año menor que ella. Tan pronto como me vio, sin esperar a que yo hablara, me dijo sonriente: -¿Estará contento, no? ¿O es que está triste todavía? -Casi no lo sé. Loli me ha dicho que la Virgen te ha hablado mu- cho de mí. -¡Lo menos un cuarto de hora! -¿Y qué te ha dicho? -Aún no se lo puedo decir. -Entonces me quedo igual que antes. Conchita sonrió. -Bueno, algo sí que le puedo decir. "Cuando subía, subía contento; cuando bajaba, bajaba triste" .. . Ella me ha dicho todo lo que usted es– taba pensando ... Y dónde lo estaba pensando ... Y que pensaba: "Ahora me voy a América". Y en otro sitio pensaba: "Ya no quiero saber más de fulano y de fulano" ... Y usted sufría mucho. Me ña encargado que se lo diga y que le advierta que todo esto le ha pasado para que en ade– lante, acordándose de todo ello, no vuelva a dudar más. «Como cualquiera puede comprender, yo me quedé sin habla. «Al día siguiente, sobre una detallada fotografía de los Pinos y sus alrededores, Conchita ¡me fue señalando con el dedo cada uno de los
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