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Se fue con prisas a la montaña 255 «Me invadió de golpe, brutalmente, una intensísima amargura inte– rior. Era como una mezcla de impresiones penosas y de sentimientos deprimentes. Me parecía que todo se dislocaba, como si todo se me de– rrumbara. Acababa de entrar en un desierto moral. El pasado se em– brollaba... Sólo quedaba clara y evidente la muerte de mi pobre her– mano, el P. Luis, poco más de dos meses antes. «Luego, con lo que estaba pasando en los Pinos, mi estado de sufri– miento interior no hizo más que empeorar. Creo que jamás, a lo largo de mi vida, he conocido una tal desolación... Sentí violentas ganas de marchar, ¡lejos!, a América. Y me decía: "¿Qué haces tú aquí? Esas niñas no son más que unas pobres enfermas. Y todo esto, una triste comedia de aldeanos retrasados ..." «Me quedé parado unos minutos. Con la vista interrogaba al cielo. Hubiese clamado, para que se produjera el gran milagro, que cierta– mente las niñas no habían anunciado jamás paira este 18 de octubre. Nada pasaba... Y mi decepción era total. «Cambié de sitio, y nuevamente permanecí parado durante un tiempo que no puedo precisar. Estaba como inconsciente; sólo advertía en torno mío el continuo pasar de la multitud, que me cesbordaba por un lado y por otro; las linternas se acercaban y se alejaban en la oscuridad... De golpe, una de ellas me dio en la cara con su haz de luz. Un amigo 43 , que bajaba, me acababa de reconocer y quería darme rápidamente sus impresiones: "Esto es maravilloso ... Esto es estupendo ..." «Yo le dejaba hablar, replicándole en mi interior: "¡Ya comprende– rás mañana!" Y me daba pena su entusiasmo; casi me irritaba. «Juntos fuimos bajando al pueblo. Creo que yo había permanecido en la ladera del monte no menos de una hora, viendo subir y bajar lin– ternas como una pesadilla. «Me cobijé de momento en una casa cualquiera, para no mojarme; pero me sentía tan desilusionado, que todo me molestaba. Por eso salí y dirigí mis pasos a la casa donde me estarían esperando: necesitaba de caras conocidas, pero no sentirme tan solo... Al poco rato, llegó Amaliuca, hermana de Loli, algo más pequeña que ella. Señalándome a rri.í y a otras dos personas 44 , dijo: "Dice Loli que vayas tú y tú y tú". «Yo no tenía ganas ni intención de ir. Me decidí al fin, pensando: "Bien, visitar a los enfermos sigue siendo una obra de misericordia". Aseguro que, si fui, fue con el propósito de darle a ella y a todo aquello el adiós definitivo. «Llegamos a casa de Ceferino y subimos al piso de arriba: habría allí como una docena de personas; en medio de ellas, Loli; parecía con– tenta, diría que hasta dichosa. Yo me busqué un rincón, y empecé a pensar en la inconsciencia de aquella criatura, y en la credulidad de quienes la rodeaban... I' 43 Se trata de uno de los Fontaneda, la conocida familia de Aguilar de Campoo, donde paraba muchas veces el P. Andreu. 44 Eran el señor Fontaneda y el señor Fontibre, los amigos del Padre Andreu, de Aguilar de Campoo (Palencia).

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