BCCCAP00000000000000000000758

252 sente a nuestro alcance en todo momento, sucumbiríamos ante las exi– gencias tantas veces sobrehumanas de nuestro compromiso total de fe. ¡Sí, hay que hacer visitas, muchas visitas al Santísimo! -Pero, antes que nada, tenemos que ser muy buenos. ¡Qué cosa tan sabida! -Sí, y también, ¡qué cosa tan olvidada! ¡Qué cosa más vieja! -Pero también, ¡qué cosa tan de actualidad! Porque frente a la actual exaltación de «todo lo humano» -hasta la lujuria se nos quiere. presentar como «un valor»-, y el desmonte de la doctrina del pecado original, y los proyectos o experiencias de «educa– ción» desde supuestos russonianos_, viene este vulgarísimo «tenemos que ser muy buenos» a recordarnos que naturalmente no lo somos, ni hemos empezado siéndolo, sino que lo hemos de conquistar con nuestro esfuer– zo de cada día. Estamos «de origen» mal inclinados, y si no luchamos contra lhs apetencias de la naturaleza, iremos fatalmente a malograrnos, para Dios y para nuestro propio bien. «La carne apetece contra el es– píri~u, y el espíritu desea a la contra de la carne... Andad según el es– píritu, y no os entregaréis a las apetencias de la carne... Si viviereis según la carne, moriréis; mas si, llevados del espíritu, mortificáis las obras de la carne, alcanzaréis la vida» (Gál. 5, 16-17; Rom. 8, 12-13). Ciertamente, Dios nos ha amado desde el principio. Ciertamente, Dios nos sigue amando, aun como somos, a pesar de lo que somos. Mas, ciertamente también, El nos ama con la esperanza y la exigen– cia de que vayamos dejando de ser así, para ir siendo como El nos quiere. Y El nos quiere «otros», a imagen y semejanza de su Hijo hecho hombre (Rom. 8, 29). Sólo nosotros, entre todas las creaturas del universo, tenemos un cierto destino de «alienación»: somos criaturas llamadas a ser otras. Es decir, no las mismas que hemos empezado siendo. Esta empresa de cambio a fondo, desde dentro, es la gran tarea del vivir humano, cuando este vivir se e!1foca con mente cristiana. Por eso, una exigencia de cambio -mutación de mente, de interiori– dad, de estilo en el ser y en el hacer- ha sido y será siempre el primer capítulo en toda leal proclamación del Mensaje Salvador. Por ahí empezó Cristo 39 ; por ahí empezaron los Apóstoles; y con eso en primerísimo planó quiso lanzar San Pablo, desde el Areópago de Atenas, su gran proclama de salvación al mundo de la gentilidad 40 • 39 En su primera predicación latía un reiterado apremio a «hacer penitencia» y a creer... , según ya queda indicado. Muchos han achicado este «hacer penitencia», al confundirlo con hacer peni– tencias. No es precisamente eso. Apoyándonos en los términos que emplea el ori– ginal griego de los Evangelios, debemos reconocer, que «hacer penitencia» es todo un proceso de renovación o cambio del hombre, desde el interior; proceso que marcha en tres tiempos: l.º, romper con un pasado culpable o de abandono, me– diante el arrepentimiento; 2.º, expiar ese pasado, mediante la práctica o aceptación de cosas aflictivas; 3.º, poner en -lugar del pasado que se deplora, la novedad de una vida mejor. 40 «Pues bien, Dios, disimulando los tiempos de ignorancia, intima ahora a los hombres todos, que todos ellos y en todas partes hagan penitencia, porque tiene

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz