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250 Sabemos que la reacc1on de muchos en la noche de Garabandal fue de malhumorada decepción: ¡tantas penalidades, tantas horas de espera!. .. , ¿sólo para escuchar aquello? Sin embargo, «aquello» era una proclama nueva de «lo de siempre». De lo que más necesitamos oír, aunque menos nos guste escuchar. Porque los hombres gustan de cosas que emocionen, no de cosas que exijan... ; y lo que entretenga, siempre será mejor acogido entre ellos, de pronto al menos, que lo que obligue... La apabullante simplicidad del mensaje garabandalino le pone pre– cisamente en la mejor línea de los Mensajes de la Salud. Mucho esperaban las multitudes judías de aquel Jesús de Nazaret que empezaba ya a mostrarse como «profeta poderoso en obras y pa– labras» (Le. 24, 19) ... , y sin embargo, El les sale con esto, que inaugura a fondo su vida pública: «El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está bien próximo; haced penitencia :34 y dad fe a la Buena Nueva» (Me. 1, 15). ¿Algo más breve y más simple? Pues allí estaba en germen todo lo que podía renovar al mundo. Quizá aún más esperaban de El posteriormente esas mismas muche– dumbres que habían vivido la gran hora de la multiplicación de los panes: ¡allí tenían el indiscutible rey y caudillo para sacarles de su la– mentable situación! Y El se les escabulle al final de aquella jornada, para, al día siguiente, en la sinagoga de Cafarnaum, salirles con esto a los grupos más exaltados: «Sé bien por qué me buscáis... Afanaos, no tanto por el pan que perece, cuanto por el pan que permanece para la vida eterna. Este es el que os puelie dar el Hijo del hombre ... » (Jn. 6, 14-27). Aquello no tenía nada de sensacional ni alentador; y cunde la decepción, y el desencanto se va impregnando de hostilidad, para aca– bar en abierta ruptura con un hombre al que antes se había admirado y seguido con verdadero entusiasmo: «Desde aquel día, muchos de sus discípulos se retiraron y no volvieron a andar con El » (Jn. 6, 66). . Mucho esperaban también de Simón ·Pedro, que se estrenaba como jefe de «los del Nazareno», aquellos grupos de judíos congregados ante el Cenáculo por las maravillas de Pentecostés y acabados de convencer por las palabras del ex pescador de Betsaida. «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?,,, preguntaron ellos. Y con esto les salió Pedro: «Haced pe– nitencia, y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesús el Cristo» (Act. 2, 37-38). No era una respuesta demasiado emo– cionante. Y es que nosotros, tan fácilmente dados a confundir lo importante con lo aparatoso y complicado, quedamos también muy fácilmente des– concertados por la soberana simplicidad de lo de Dios. Tal simplicidad viene una y otra vez a someternos a algo que nos cuesta: una labor de docilidad y de búsqueda; porque detrás de esa simplicidad siempre hay mucho que descubrir y mucho que aceptar. Reléase detenidamente, línea por línea, el texto de aquella proclama del 18 de octubre de 1961: 34 Deliberadamente empleo «haced penitencia» en lugar de «arrepentíos» que se lee en tantas traducciones: me parece de más sabor y de mayor contenido, como después veremos.

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