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246 lo voy a decir, para que el 18 de octubre lo digáis vosotras al público", y nos lo dijo. Es lo siguiente.. . Luego nos explicó qué quería decir el mensaje y cómo lo teníamos que decir nosotras en el portal de la iglesia... y que se lo dijéramos a don Valentín, para que lo dijese él en los Pinos a las C:.iez y media de la noche. Esto nos lo dijo la Virgen que lo hiciéramos así; pero la Comisión ... » Solemos decir frecuentemente los españoles: «El hombre propone y Dios dispone». En aquel día clave de Garabandal, se invirtieron los tér– minos: el Cielo propuso y la Tierra dispuso... Y así salieron las cosas. Cuando nos metemos a enmendarle la plana a Dios, los resultados son siempre muy lucidos. No sabemos quiénes estaban allí de la Comisión (el día era demasia– do malo para que hubieran acudido todos, como era su deber); ellos no creían, y no es de extrañar que se sintieran en gran desazón y desean– do acabar lo antes posible con todo aquello. Se echaba la noche en– cima y no sabían qué podría pasar con una multitud así, en plena oscu– ridad, por tales caminos, y bajo las peores condiciones atmosféricas. «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?», hubiera podido decirles tam– bién el Señor; pero quizá en ellos una prudencia demasiado humana no dejaba espacio para ese punto de confianza en Dios y de plena en– trega a lo que El planee -aunque no se entienda-, que es siempre lo decisivo en las empresas del Espíritu. ¿Por qué no atenerse con exac– titud a lo que tal vez podía venir de arriba, y aceptar en forma aquel misterioso desafío, con todas sus condiciones, detrás de las cuales bien podría estar «la prueba» que se buscaba? «La Comisión dijo que como había mucha gente y llovía mucho y no había dónde cobijar al personal, sería mejor decir el mensaje a las ocho y media o nueve» (diario, pág. 38). Oscureció muy pronto; no sólo porque a mediados de octubre los días son ya notablemente cortos, sino también porque el cielo estaba del todo encapotado. Con la oscuridad, el desasosiego, cuando no la impaciencia, iba creciendo en la inmensa multitud. ¿Qué pasaba allí? ¿Iba a haber algo, o estaban perdiendo el tiempo? Muy pocos sabían de las concretas instrucciones «superiores» que habían recibido las niñas desde hacía meses; en cambio, casi todos e~taban al corriente de que las cosas de Garabandal solían pasar al oscurecer... La espera se iba hacien– do, para muchos, difícilmente soportable: no todos estaban con el me– jor espíritu. A eso de las ocho, don Valentín ya no fue capaz de resistir más a las presiones de los comisionados, y fue en busca de las niñas, para hacer las cosas, no según las instrucciones que «ellas» habían recibido, sino a tenor de lo que «ellos» acababan de acordar. Se suprimiría lo del portal de la iglesia (tal vez para subrayar más que el elemento oficial eclesiástico nada tenía que ver con aquello) y todo se'haría rápidamente en los Pinos 30. 30 No sé por qué me viene aquí el recuerdo de cierto pasaje de la Escritura (I Sa:m. 13, 7-14). El profeta Samuel ha dado, de parte de Dios, instrucciones muy concretas al rey Saúl para una hora que podía considerarse verdaderamente crítica
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